Final del mundial USA 94

La victoria del Doppelgänger

El 17 de Julio de 1994 se jubaba en Los Ángeles -ya se sabe, la ciudad de las estrellas y tal- la final de la copa del mundo de EEUU. Jugaban Brasil contra Italia, lo que, con el permiso de Alemania, convertía el partido en el choque de las dos galaxias mayores de la historia del fútbol. En teoría, si uno sigue los manuales de esta supuesta historia del fútbol, la final también debería ser el choque de dos estilos opuestos. El fútbol divertido de los brasileños contra el ordenado catenaccio italiano que, en aquella época, estaba en su mejor momento. En realidad no era así. Para entonces el catenaccio y el fútbol italiano habían empezado un lento periodo de decadencia, aunque eso aún no lo sabía nadie. En ese momento uno jugaba contra un equipo italiano y tenía todas las de perder.

Pero Brasil tenía un plan.

Brasil en el 94

El plan, en cierto modo, incluía una pequeña venganza lo cual hace siempre más novelable cualquier historia. En 1994 Brasil arrastraba un complejo histórico con las copas del mundo. No había ganado ninguna desde Pelé (México  70) y su mejor generación (la de Zico, Sócrates…) había caído, casi inexplicablemente, en el mundial de España 82, con una Italia claramente inferior y con una propuesta futbolística en las antípodas de la brasileña.

Nadie dudaba que Brasil era el país del fútbol. No se dudaba en los noventa ni se duda hoy, pero en aquellos años había una especie de explosión de jugadores brasileños. Esos jugadores siempre habían estado ahí, pero Europa había empezado a importarlos por toneladas, en un momento en el que la televisión cada vez se interesaba más en el fútbol y el deporte estaba a las puertas de convertirse en el fenómeno comercial que es hoy.

En España, por ejemplo, el Deportivo había marcado el camino. Un equipo ascensor que había contratado a dos brasileños y de la noche a la mañana se codeaba con los grandes y disputaba ligas. Los equipos de primera división contrataban cada año a uno o dos brasileños con la misma naturalidad, la misma confianza y las mismas aspiraciones con las que uno contrata a un sherpa para subir el Everest. Pero tal plétora de talento no acababa de conseguir los resultados esperados a nivel de selecciones.

Para colmo, en el largo camino por el desierto que Brasil había empezado después de Pelé, le habían empezado a crecer los enanos. Argentina, el gran rival sudamericano, había ganado dos mundiales y ya los miraba por encima del hombro, sobre todo desde que un argentino reivindicaba el trono de Pelé como mejor jugador de todos los tiempos.

Además, el fútbol en bloque se dirigía a una zona radicalmente opuesta al ecosistema en el que vivían los brasileños. Mientras se idolatraba la técnica de estos, el fútbol se hacía cada vez más disciplinado y muchos equipos y aficionados estaban fascinados por la capacidad de los italianos para ganar partidos aparentemente de la nada. La revolución holandesa de la época ye-ye había mutado hacia una disciplina táctica en la que los equipos se organizaban cada vez más desde la defensa. En algún momento, a mediados de los ochenta, alguien tuvo la idea de que ganar no está mal, pero no perder ya es demasié.

Naturalmente, ahí es donde los italianos se habían convertido en los grandes maestros. Por aquellos años, si te tocaba un equipo italiano en un partido europeo ya sabías el resultado de antemano. Si, por ejemplo, te tocaba la Lazio en la recopa, y eras un poco espabilado, enviabas una carta, pactabas perder por 1-0 y te ahorrabas el viaje a Roma. No es extraño que (casi todos) los jugadores italianos más respetados del momento fuesen defensas. Veías a Baresi por la calle y te daba tanta seguridad que te ibas directo a firmar una hipoteca a 40 años. Maldini era el tipo más guapo de Italia. Así estaban las cosas.

Final usa 94 Paolo Maldini

Con todo esto en mente, Parreira, el entrenador de Brasil urdió su plan. Para empezar, decretó el fin del romanticismo. El romanticismo, como todo el mundo sabe, fue un movimiento artístico que se origina en Alemania en el s XVII y termina el día que Brasil sale a jugar la final de un mundial con tres mediocentros defensivos: Dunga, Mazinho y el gran Mauro Silva. Como en aquella época había una ley que estipulaba que era obligatorio jugar con un 4-4-2 Parreira acompañó a los tres tenores con Zinho, un centrocampista veterano, disciplinado y de buen pie. El encargado de lanzar los corners y de enviar las noticias al frente, donde esperaban dos delanteros portentosos, pero menudos, Bebeto y Romario.

Italia en el 94

Mientras Brasil negociaba con su historia, Italia tenía sus propios asuntos que resolver. A nivel de clubes eran claramente los dominadores del panorama. El fútbol italiano tenía fama de ser aburrido y bastante avaro, pero era condenadamente eficaz. Ni siquiera habían necesitado producir enormes talentos individuales. Les había bastado con una buena generación de futbolistas, un par de defensas legendarios y, eso sí, un futbolista de otra dimensión: Roberto Baggio.

El más brasileño de los 22 futbolistas que saltaron al campo ese 17 de Julio de 1994.

Empatado con los dos delanteros de Brasil, quizás.

Empatado, pero no más.

El partido

Todas las finales se empiezan con precaución. Esta empezó con paranoia. Cuando el balón empezó a rodar los Italianos contaron cuántos brasileños se quedaban en su propio campo y no les salían los números por ningún lado. Alguno empezó a revisar el color de las camisetas.

A Brasil le había tocado sacar de centro, una situación que ninguno de los dos técnicos parecía haber previsto. Los brasileños se llevaron el balón a su cambpo y empezaron a pasarselo de una banda a otra. Los Italianos miraban el centro del campo como si fuese la línea Maginot. Corría el minuto diez, aproximadamente, cuando los brasileños se dan cuenta de que, por primera vez en su vida, no saben qué hacer con una pelota. Los italianos, por su parte, siguen mirándolos, esperando en su propio campo. Usted no ha visto a once italianos menos preocupados en su vida.

Jorginho, era el lateral derecho de Brasil en aquella selección del 94. Ya sabe usted cómo son los laterales brasileños. Jorginho recordaba de vez en cuando que la cabra tira al monte y hacía algún amago de subir hacia arriba. Mauro Silva y Dunga, a los que Parreira había convencido de que los Italianos habían puesto trampas en el centro del campo, lo miraban como si estuviese corriendo con un cazamariposas gigante.

Hay un momento desconcertante en el que el balón sale por la banda. Los italianos consultan con el árbitro que les confirma que, efectivamente, les corresponde a ellos hacerse cargo de la pelota. Italia saca de banda y el defensa italiano Mussi, que no quiere problemas, celebra el evento propinándole un enérgico patadón a la bola. Esta aterriza en campo brasileño, a unos veinte metros de cualquier jugador italiano. Mauro Silva no se fía y reacciona dando dos pasos atrás y colocándose entre los centrales.

Para quien no lo recuerde, Mazinho fue un fino centrocampista defensivo que jugó durante años en el fútbol español. Primero en el Valencia, donde no acabó de triunfar, y luego en el Celta, donde se convirtió en una leyenda local y en la sala de máquinas del mejor Celta de la historia (hablaremos de él en algún momento). Mazinho era muy bueno. Se colocaba bien, tenía mucha calidad, un gran toque de balón y, la verdad, hasta parece un buen tipo. Mazinho tenía muchas cosas buenas, pero una de ellas no era su vocación ofensiva, así que podemos entender su extrañeza cuando, por un azar del destine, el balón le llega y comprueba que, por delante de él, solo tiene a diez italiano, a Romario da Souza (conocido como “o Baixinho”) y a José Roberto Gama de Oliveira (alias “Bebeto”). Mientras Mazinho revisa sus opciones Dunga y Mauro Silva aprovechan para comprobar que no hay ningún delantero italiano a menos de cuarenta metros de Taffarel. Entonces Mazinho decide que, de perdidos al río. Lanza un balón alto, colgado entre las torres italianas hacia un tipo apodado Bebeto y otro apodado “o Baixinho”. Este último, por un momento, finge que ha estado a punto de ir a buscarla. Es la jugada más peligrosa del partido hasta el momento.

usa 94 final romario y bebeto

Pasados veinte minutos de partido Taffarel ha entrado más en juego que los delanteros de Brasil, aunque sólo sea para devolver los saques de banda que sus compañeros insisten en lanzarle. Entonces por fin sucede algo. Jorginho empieza a cojear. Calienta el lateral suplente, un tal Cafú. Los jugadores de Brasil quizás pensaron que la lesión de Jorginho era un castigo de los nuevos dioses del fútbol por su indisciplina táctica. Mauro Silva, Mazinho y Dunga dan dos pasos atrás.

Recordemos que, en aquella época, sólo se podían hacer dos cambios, así que hacer uno obligado en el minuto 21 es una desventaja táctica evidente. Más aún si tenemos en cuenta que el partido se jugaba en Junio en los Ángeles, a las 12.30. Claramente todo esto estaba diseñado por alguien que, o bien odiaba mucho a los jugadores de fútbol o le daba igual que lo pareciese. Hay imágenes de los jugadores brasileños en el banquillo sudando en el minuto diez. Repito: brasileños, en el banquillo, sudando en el minuto diez. El partido se iba a hacer largo.

Los brasileños habían tirado el balón por la banda para poder hacer el cambio. Los italianos lo devuelven deportivamente. Los siguiente cinco minutos, en los que el balón va y vuelve de un campo a otro, da la impresión de que se están devolviendo la cortesía mutuamente. Es como esa película de los Marx en los que Groucho y un general se imponen medallas el uno al otro.

Entonces sucede lo inesperado. Cafú no contaba con jugar, así que debía haberse despistado en la reunión táctica justo cuando Parreira explicaba que los Italianos habían distribuido minas en la línea del medio campo. El joven lateral se lanza por la banda. Mauro Silva, contagiado por el frenesí (o lo más cerca del frenesí que puede llegar a estar Mauro Silva) sobrepasa el medio campo y en un rebote está a punto de tirar a puerta. Bebeto descubre emocionado que tiene en Cafú a un amigo. Al borde de las lágrimas empieza a asociarse con él. Romario, cansado de ver volar balones cinco metros por encima de su cabeza, hace lo que nunca pensó que tendría que hacer: se aleja a más de diez metros de su área.

Por entonces la ciencia ya había descubierto que Romario sólo puede sobrevivir lejos del área unos tres minutos. Si pasa más tiempo ahí tienes que empezar a tirarle agua con una manguera para que pueda respirar. Pero, qué demonios, es la final de un mundial, así que Romario baja un par de veces a buscar el balón y hasta se tira a banda. Nada de esto genera verdadero peligro (tampoco peligro aparente) en la portería de Pagliuca, pero al menos da la impresión de que podría llegar a pasar algo y obliga a los italianos a enviar a alguien a perseguir al delantero Brasileño.

Por su parte los italianos confiaban en su mítica capacidad para ganar partidos con un único disparo letal. O quizás estaban fundidos por el calor o les afectó que Baggio, su mejor jugador, hubiese llegado a la final lastrado por una lesión. Sea como fuere, Arrigo Sacchi, que en aquel momento era considerado el estratega más clarividente del fútbol mundial, decide que tiene que dar un golpe de mano. Retira a Roberto Mussi (defensa) e incorpora a Luigi Apolloni (defensa también).

El cambio no supone la revolución que Sacchi esperaba pero, por fin, llega la primera oportunidad de los italianos. Maldini le arrebata un balón a Bebeto en su propio campo. Baresi se lanza a tumba abierta. Atraviesa la línea pretoriana del centro del campo brasileño, que se queda preguntándose si están ante un simulacro o se trata de fuego real y, aunque Baresi no llega a culminar la jugada pone encima de la mesa una información que ya sabíamos (en ausencia de Baggio lo mejor que tiene Italia es su pareja de defensas ) y otra que desconocíamos (el reglamento habilita a los italianos a pisar el área brasileña si lo estiman conveniente)

En este momento Brasil e Italia ya se han medido lo suficiente. Han recorrido la larga distancia entre el partido que pensaban que iban a jugar y el partido que realmente están jugando. Las armas de Brasil pasan a ser:

  • Cafú y su capacidad de mantener a dos italianos pensando constantemente dónde diablos está ese tipo ahora.
  • Romario, que ha seguido retrasando su posición y se ha convertido en un dolor de cabeza. Se constata que es un jugador infinitamente más interesante con el balón en los pies que persiguiendo al Sputnik.
  • Branco y su capacidad de tirar faltas desde muy lejos con una enorme potencia y precisión. Branco era como un Roberto Carlos versión 1.0. Aunque era menos poderoso en el golpeo era mucho más preciso y sus faltas eran lo bastante fiables como para que los jugadores brasileños cayesen fulminados en cuando sentían un contacto a menos de treinta y cinco metros de la portería de Pagliuca.

Las armas italianas son:

  • Ninguna.
  • Roberto Baggio y la resurrección de la carne.
  • Seguir cero a cero.

Segundas partes nunca fueron buenas

En el descanso Parreira y Sacchi consiguieron convencer a sus respectivos pupilos de que se podía jugar exactamente el mismo partido, pero tres metros más arriba. Y así fue. Los brasileños siguieron manejando el balón pero, en lugar de hacerlo en su campo, lo hicieron en el centro del campo. Los italianos se dieron cuenta de que eso generaba espacios interesantes a la espalda de la defensa brasileña, pero lamentablemente explotar esos espacios implicaba el manejo, aunque fuese durante un brevísimo periodo de tiempo, del balón (algo en lo que no parecían interesados) y colocar jugadores en a menos de cincuenta metros de su propia portería (cosa que les parecía directamente impensable).

Así la segunda parte transcurrió con una sensación de mayor proximidad al peligro (en el sentido de que, efectivamente, estaban más cerca de las áreas) pero con menos opciones reales de gol que en la primera parte, lo cual supone un mérito en sí mismo.

La cosa se puso tan mal que Mauro Silva, desde treinta metros, decidió chutar a portería. Probablemente más por comprobar que seguía allí que por marcar. El balón no iba con mala idea (Mauro Silva no ha hecho algo con mala idea jamás) pero a Pagliuca se le escapó el balón y este fue a dar en el poste. Hubiese sido bonito que Mauro Silva, que quizás haya sido el jugador menos interesado en el gol que haya pisado un campo de fútbol (al menos entre los grandes jugadores) hubiese hecho un gol que valiese un mundial. Pero dice mucho de un partido que la mayor ocasión la tenga el bueno de Mauro.

En la prórroga Italia se va acercando a la portería de Taffarel. No se trata de un ataque real. Más bien se van acercando disimuladamente. ¿Han visto alguno de esos dibujos animados en los que Bugs Bunny, por ejemplo, se acerca a Elmer disfrazado de matojo? Pues es algo así ¿Había sido todo un plan Italiano? ¿Se habían dedicado a hipnotizar a los brasileños con una defensa exasperante buscando este momento? Nada parece indicar que fuese así, pero los italianos eran expertos en esta sutil forma de socarronería. Entonces llegó la mejor ocasión para los italianos. El protagonista, claro, tenía que ser Roberto Baggio.

De un saque de banda y una jugada sin trascendencia Baggio se inventó una volea letal al 87%. El balón subió, trazó una curva y se lanzó en picado hacia la portería Brasileña.

Si algo tiene de bonito el fútbol es su injusticia, porque esa injusticia dramatiza mejor que ningún otro deporte la importancia de la suerte en la resolución de los destinos. Baggio fue, junto a Romario, el mejor jugador de aquel mundial. La mala suerte le hizo llegar lesionado a la final del que era “su” mundial, pero tuvo la suerte de encontrarse ese balón. Estaba lejos, pero venía botando. Un tiro complicado pero ni mucho menos imposible. Y estamos hablando de Baggio.

Baggio golpeó el balón, con todo ese talento y de forma casi perfecta. Casi. Si Baggio hubiese golpeado el balón sólo un milímetro más adelante o si ese balón hubiese botado una milésima de segundo más rápido o más despacio (y aquí hay que tener en cuenta la inmensa cantidad de factores que pueden alterar el bote de un balón; desde el grado exacto de presión del aire hasta las condiciones del césped o las mínimas e inevitables irregularidades de un prado) el golpeo habría ido un poco más escorado y hubiese marcado un gol de leyenda. El mejor jugador de aquel mundial, en su peor partido del torneo, habría marcado el gol definitivo que lo habría elevado (aún más) en su estatus de leyenda.

Pero eso no pasó. El balón, a pesar del golpeo letal de Baggio, trazó la curva hacia el centro de la portería y Taffarel pudo despejarlo.

usa 94 final roberto baggio

La poca relevancia ofensiva de Italia desapareció a partir de ahí. En adelante, si por casualidad algún jugador italiano pasaba cerca del área brasileña (no pasará mucho) lo hará mirando por el rabillo del ojo al árbitro, con la esperanza de sacar un penalti o una falta peligrosa de su aventura en solitario.

A Brasil sí le quedaban dos balas. Una era Viola, un habilidoso delantero que salió al campo con toda su energía y que cumplió con el propósito de poner de los nervios a los defensas italianos. La otra bala era algo así como el doble especular de la volea de Baggio.

 En la segunda parte de la prórroga Cafú decide que no está todo perdido. Aunque el partido no da para mucha retórica, la entrada de Cafú había sido de lo más significativo del partido, quizás el gran revulsivo. Si además tenemos en cuenta que, con el tiempo, se convertiría en uno de los grandes laterales de todos los tiempos (algunos dicen que el mejor) la participación de Cafú en la final tiene un aura especial, como de leyenda.

Algo de todo esto se olía Cafú, porque si no, no se explica que, en la segunda parte de la prórroga de un partido jugado en pleno verano de California, el tipo encontrase los ánimos y el resuello para ver cómo Mauro Silva robaba a los Italianos su balón un millón (supongo que le darían una camiseta o algo así) y lanzarse como si no hubiese mañana -en realidad no lo había-contra la línea de fondo de los italianos. Cafú combinó con Zinho y, ya llegando al final del césped, tuvo tiempo de sacarse un pase de la muerte casi perfecto a Romario.

Precisamente a Romario.

El que, junto a Baggio (y Stoickov, aunque Stoickov y Bulgaria en general parecía que jugaban a otra cosa), había sido el mejor jugador de aquel mundial. El que quizás fue el mejor jugador de la final y el que más sacrificó su juego en ella. Porque aquel 17 de Julio, en aquella final mediocre, muchos jugadores estuvieron a la altura de su gran talento. Baresi jugó un partido espectacular. Robó balones, intentó jugarlos (hasta donde pudo) y a ratos tuvo ánimos para incorporarse al ataque. Maldini demostró que era uno de los mejores defensas de la historia. Mauro Silva, en su papel de falso defensa, se cansó de robar balones y hasta estuvo a punto de marcar el gol de su vida (en su caso casi literalmente). Cafú anticipó su papel como leyenda en la historia del fútbol y carrilero por excelencia (Roberto Carlos vendría después, pero, de nuevo, es una especie aparte). Todos ellos jugaron bien, pero jugando a lo que se supone que debían jugar. Sólo Romario dejó de ser Romario por un día. Se alejó de su preciada área, del lugar donde era más letal, donde era el mejor jugador del momento y empezó a buscar balones, a asociarse con sus compañeros, a tirar paredes… Volvió locos a los italianos, aunque, para hacerlo tuvo que hacer las dos cosas que más detestaba: salir del área y desfondarse corriendo.

No sabemos cómo habría sido ese partido en otras circunstancias. Si Romario hubiese mantenido su posición alrededor del área, si no se hubiese partido el pecho durante 120 minutos corriendo en vano detrás de balones colgados e intentando construir el ataque allá por el centro del campo, entendiéndose con compañeros que, claramente no hablaban su idioma, el partido hubiese sido otro. Quizás Italia se hubiese desperezado más. Quizás se hubiese animado a romper el monólogo brasileño. Quizás Romario hubiese estado más descansado y hubiese llegado a ese pase de Cafú. Un pase casi perfecto al que Romario hubiese llegado el 87% de las veces, pero al que aquella vez no llegó.

Si hubiese marcado aquel gol no habría quedado ninguna duda sobre quién había sido el mejor jugador de aquel mundial. Romario ganó finalmente el trofeo de mejor jugador (Baggio quedaría tercero después de Stoickov), pero este tipo de trofeos ya sabemos que cambian a menudo en función de una final. A Romario se le escapó ahí un pedazo de gloria. Y cuando la gloria se escapa, sólo quedan los penaltis.

USA 94: Los penaltis

Esto puede ser discutible, pero a mi Taffarel, siempre me ha recordado bastante a Sting. Insisto, puede ser discutible. Lo que no admite discusión y estoy dispuesto a defender con dos padrinos en el patio de cualquier convento es que Gianluca Pagliuca, el portero de Italia, era la reencarnación de Dean Martin. Usted lo ve dándole un beso al palo, con una sonrisa socarrona, después de que el tiro de Mauro Silva se hubiese escabullido hasta allí y da la impresión de que está apunto de cantar That’s amore con un martini en la mano.

¿Cómo afrontas una tanda de penaltis cuando los dos porteros parecen nacidos para estrellas de la canción?

La tanda de penaltis del mundial de EEUU es lo que más se recuerda de aquella final. Era la primera vez que la final de un mundial se iba a decidir a los penaltis y era imposible no sentirse un poco brasileño en aquel momento.

El partido había sido plano en términos generales. Italia había jugado a ser Italia y había dado una exhibición en ese sentido. Una cosa que al resto del mundo le parece muy raro es que a los Italianos realmente les gustaba ese juego de defensa y orden. Es decir, les gustaba de verdad. De hecho, Baggio pudo darle el mundial en una última jugada, en la que se quedó prácticamente solo ante Taffarel, pero estaba totalmente agotado y se limitó a entregar el balón.

Brasil, por su parte había sido la mejor selección del mundial del 94 y también el mejor de aquella final. No se puede decir que hubiesen sitiado el área italiana pero, claramente, habían sido mejores y el único equipo que había estado dispuesto a arriesgar algo -muy poco- en aquel partido. El plan de Parreira: construir un acorazado perfecto, blindado por tres medios defensivos había funcionado.

Un plan así con cualquier otro equipo habría fracasado o hubiese sido insufriblemente aburrido. Aquel equipo de Brasil había podido superar sus limitaciones autoimpuestas gracias a que disponía de un grupo de jugadores de una calidad fuera de lo común. Es cierto que jugaba con tres mediocentros defensivos, pero eran tres mediocentros excepcionales. Dos de ellos seguramente estén entre los mejores de la historia en su posición. Es cierto que a veces la distancia entre su muralla de centrocampistas y la delantera parecía excesiva, pero por suerte para Brasil, ahí arriba vivían dos tipos extraños; delanteros que sabían zumbar como cazas alrededor de centrales treinta centímetros más altos que ellos y plantarse delante del portero rival haciendo paredes en espacios que los entrenadores rivales ni siquiera tenían en la pizarra.

Así que era un poco imposible no estar con Brasil en aquella tanda de penaltis. Pero que uno desee la justicia no quiere decir que esté preparado para ella. Sí, el final feliz de esta película consistía en ver a los brasileños levantar merecidamente la copa y verlos alejarse bailando entre nubes de confetti. Pero uno esperaría que eso sucediese después de un duelo épico de penaltis, en el que los italianos más inadvertidos (hay donde escoger) hubiesen fallado ante una elástica parada de Taffarel.

Y no fue así

El primer penalti de los italianos lo tiró Baresi. Uno de los grandes defensas de la historia. El mejor italiano de esa final, junto con Maldini. Baresi ejecutó un penalti lamentable que le persiguió el resto de su carrera. El caso es que a la impresión de que se resbala al golpear y el penalti se va a las nubes.

Para compensar la situación el defensa brasileño Marcio iguala la tanda a errores. Su disparo fuerte va con un empeño no justificado casi al centro de la portería.

Para el segundo penalti Italia se pone seria. Envía allí a Albertini, un tipo del que a lo mejor no puedes esperar maravillas, pero que no le ha pegado mal a un balón desde juveniles. Albertini la manda al fondo por la escuadra derecha y se aleja con el gesto de quien ha puesto una carta en el buzón.

Romario, que ha pillado el truco, la manda por el mismo lado. Fuerte y a la escuadra, un gol imparable.

A continuación marcan Evani y Branco y le toca el turno a Massaro. Massaro es un delantero veterano (de los pocos que ya estaba en la selección italiana del 82) que se ha pasado la vida siendo un complemento eficaz de gente brillante. Acompaño en el Milán a los holandeses voladores y en esta Italia ha sido el complemento fiel de Baggio. Massaro fue el hombre más triste de esa final. Se la pasó como un naufrago, intentado bajar balones entre los centrocampistas brasileños, alejándose poco a poco de la portería rival mientras intentaba entender por qué se iba haciendo más pequeña a cada minuto.

Para cuando llegó la tanda de penaltis la portería era tan pequeña que el pobre Massaro no sabía por dónde tirar, así que hizo lo peor: la tiró centrada y a media altura. La parada de Taffarel, en un juicio, hubiese contado como legítima defensa. En el palco Pelé, que lleva una corbata con la bandera americana que hubiese hecho levantar las cejas de un gobernador tejano, empieza a verlo claro, sobre todo cuando Dunga anota el siguiente gol.

Italia está contra las cuerdas. Tiene que marcar y esperar que Brasil falle. Siempre se dice que, para las tandas de penaltis, el primer y el último lanzador son los tiradores de seguridad. El primero abre la cuenta, el segundo cierra la puerta al salir. El último tirador de Italia tenía que ser Baggio. El mejor jugador de Italia. Uno de esos tipos que parece que dedica su vida a esquivar la grandeza, pero que es demasiado bueno como para evitarla.

Baggio había visto fallar a Baresi y había visto marcar a Romario. Supongo que pensó que esta última era mejor opción. Cogió una carrerilla larga y golpeó el balón buscando levantar la pelota por el mismo palo al que la había enviado o Baixinho. Pero, igual que a Baresi, el balón se le va alto. Italia había perdido la final.

Es 17 de Julio de 1994. En los Ángeles, en el estadio Rose Bowl, han pasado dos horas y veinte minutos desde que empezó la final. Brasil es campeona del mundo por cuarta vez en su historia. Hace calor y gran parte del equipo técnico de Brasil se ha desprendido de la parte superior del chandal. La parte inferior, de color azul pálido, es muy parecida a la equipación italiana. Quiero decir muy muy parecida. Tan parecida que da la impresión de que la final la han ganado los jugadores brasileños y los técnicos italianos. Algo de eso hay. Un jovencísimo Ronaldo se pasea por allí. No ha jugado un solo minuto, pero ha formado parte del equipo y ha ganado el primero de sus mundiales. Baila con sus compañeros con la sonrisa tímida y algo lejana de un adolescente que no es del todo consciente de lo que está pasando.

Licenciado en Humanidades. El que lleva todo esto a nivel de edición, etc. Le puedes echar las culpas de lo que quieras en miguel@enestadocritico.com. Es público y notorio que admite sobornos.
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Miguel Carreira López

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