Intemperie. Antes cuando leía o escuchaba esta palabra, intemperie, pensaba en situaciones de frío extremo, sin refugio posible, en momentos cercanos a la congelación, pensaba en paisajes propios del Ártico. Esas eran las situaciones o los paisajes que mi mente evocaba con el sonido de tan desapacible palabra. De haber sabido que igualmente puede referirse a un clima excesivamente caluroso, a un clima desértico, a un sol altivo y persistente, nunca hubiera elegido esta novela de Jesús Carrasco como lectura veraniega. Nunca. Demasiada sed y un moreno gamba, al más puro estilo guiri, es lo que produce su lectura. Se te queda seca la boca y las palabras que vas leyendo te arañan, sin piedad, la garganta. Se deshidratan la piel y los sentimientos, se te reseca el  alma. Y nadie te avisa, no. Y deberían hacerlo, sí. Deberían de advertirlo en la contraportada, con una tipografía bien grande, apta para miopes; NO LEER CON 40º A LA SOMBRA.

Nadie me avisó de su efecto aplastante y yo, incauto, lo metí en la maleta estival, junto al bañador y la toalla. Es una novela estupenda. Es un libro muy bueno. Y se quedaban tan anchos, levantando la vista al cielo en un gesto como de creyente descreído que vuelve a tener fe en la novela,  incluso algunos buscaban de reojo el último libro de Luis Goytisolo para dedicarle un rotundo: ¡Jódete! Claro que a mí las creencias de los demás, incluso las mías propias, me importan bien poco. Yo solo buscaba un libro para leer en la orilla de esa piscina llamada Mediterráneo. Es una novela estupenda. Es un libro muy bueno. Eso me decían todos. Hasta el librero de turno, un tipo que un día me reconoció que no había leído un libro en su vida, con lo que me convenció para comprar siempre en su librería, me dijo: Es una novela estupenda. Es un libro muy bueno. Tanto me lo repitieron todos que terminé por comprarlo.

Algunos han comparado a Jesús Carrasco con Delibes, por el paisaje y la descripción campestre, incluso cinegética, que conforma el territorio de la novela. Otros ven en la historia que nos cuenta cierta influencia de Cormack McCarthy, un niño y un adulto solos por un páramo desolado recuerdan, inevitablemente, a los protagonistas de La carretera, del autor tejano. Y a Jesús Carrasco se le ruborizan los bigotes cuando escucha estos piropos, más teniendo en cuenta que es su primera novela.  Claro que si fuera por bigotes yo le compararía con Galdós. Sin embargo, no se trata de paisajes, ni de protagonistas similares, ni mucho menos de bigotes, se trata de lo que trasciende más allá del escenario, se trata de lo que cuenta y propone y por eso yo si hubiera que buscarle un símil, que no sé por qué hay que buscar siempre parecidos, le compararía con Saint-Exupéry y su minúsculo y perfecto: El Principito.

Intemperie, es una novela de iniciación. Jesús Carrasco nos cuenta la historia de un muchacho que huye sin que el lector sepa muy bien por qué y sin que ni lector ni protagonista tengan ni idea de hacia dónde. Una huída llena de trampas, de emociones, de aprendizajes, ternuras, soledades y miedos. Un cabrero le servirá de cicerón por ese viaje  desolador. Un malvado de los que abundan en los cuentos infantiles intentará atraparlo por todos los medios. Un paisaje infinito y descarnado se convertirá en un laberinto existencial sin salida. Y el muchacho irá, poco a poco, aprendiendo, encontrado la madeja por la que seguir el camino, la linde por la que ir viviendo su vida.

Intemperie, como todas las buenas novelas, es una gran metáfora. El paisaje, en apariencia vacío, le hubiera encantado a Sartre, esconde peligros o sorprende, cuando menos se espera, con el cuerno de la abundancia. Los temores de la infancia persiguen al protagonista impidiéndole avanzar. El cabrero, un pozo de sabiduría pragmática, va dando lecciones magistrales de supervivencia. Y el lector transforma la angustia inicial en satisfacción paternal cuando comprende que el protagonista, por fin, podrá valerse por sí mismo.

Intemperie huele a tierra. Una tierra vieja y reseca, inabarcable, intemporal. Jesús Carrasco adapta su escritura al paisaje como una lagartija mimetizada con las rocas donde se tiende al sol. Usa un vocabulario añejo y permanente como las piedras. Frases claras, directas y rotundas, sin la frondosidad de otras escrituras más húmedas. Una prosa escrita con la sensibilidad lírica del poeta que ve belleza en el vacío. Intemperie, se lee del tirón y mejor bajo una buena sombra. Es una novela estupenda. Es un libro muy bueno. Y cuando uno concluye la lectura, cuando por fin llueve y surge el alivio de la sed, uno no puede sino dedicar un contundente ¡jódete! a esos que proclaman la muerte de la novela.

por  David Urgull.

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