Lobezno: el eterno adolescente. Recordando Arma-X, de Barry Windsor-Smith

El panteón de los dioses griegos y romanos es un sistema de símbolos que permite explicar y comprender algunos hechos básicos e inmutables de la vida humana adulta. Por ejemplo, a Sísifo le imponen el castigo de cargar con una roca enorme y subir a la cima de una montaña. Sin embargo, poco antes de llegar a lo alto, la roca cae rodando y Sísifo tiene que bajar a por ella y subirla de nuevo, lo cual acaba repitiéndose de forma cíclica. ¿Quién no reconoce en el castigo de Sísifo todas esas repetitivas tareas diarias, desde hacer la cama hasta rellenar papeleo burocrático? Tareas aparentemente inútiles y de las que, no obstante, somos esclavos… En otro conocido mito, Hades da permiso a Orfeo para que saque a su amada Eurídice del infierno, a condición de que en el camino de vuelta a la superficie no gire la cabeza para ver si Eurídice le está siguiendo. Lleno de dudas, Orfeo, por supuesto, se vuelve para mirarla a mitad de camino y Eurídice muere de nuevo. ¿Cuántas veces no habremos destruido el amor por querer mirar demasiado en la intimidad de otra persona por culpa de la inseguridad y los celos?

La mitología clásica funciona como una especie de gramática de la psicología humana. Pero si tomamos el mundo de los superhéroes como un panteón moderno de figuras arquetípicas, descubriremos con que estos también tienen como función revelar un buen número de cosas útiles sobre nuestra naturaleza; o por lo menos, sobre la naturaleza del público para el que en un principio fueron diseñados: los adolescentes. La identificación del adolescente con el superhéroe es esencial. Es curioso, por ejemplo, cómo el panteón de Marvel gira en torno a tres grandes franquicias muy bien diferenciadas y cuyo vínculo con el lector es también distinto: Los Vengadores, Los Cuatro Fantásticos y La Patrulla-X

Charlando con amigos marvelitas sobre las razones por las que, de jóvenes, nos identificábamos más con un supergrupo u otro, llegamos a la siguiente conclusión improvisada. Cada uno de estos grupos responde a una necesidad distinta de nuestra adolescencia. Cuando nos identificábamos con los Vengadores estábamos satisfaciendo, a través de la ficción, los deseos de poder que todos albergamos a esa edad: la necesidad de reconocernos a nosotros mismos (y que nos reconozcan) como personas con talentos útiles que podemos utilizar para influenciar a los demás, tanto si lo que pedimos a través de ellos es afecto como respeto. Los Cuatro Fantásticos, en cambio, están relacionados con una pulsión distinta aunque complementaria: la necesidad que tiene el adolescente de salir y descubrir el mundo en toda su complejidad, dando alas libres a la fantasía. Lo que impulsa al fan de los Cuatro Fantásticos es el llamado “sentido de la maravilla”, o mejor dicho, del “asombro”, ya que el reconocimiento de lo insólito o de lo hasta el momento desconocido, implica también un cierta reverencia o a veces incluso miedo.

Por supuesto que se trata de una interpretación bastante simplista, basada en solo tres títulos y no en la totalidad del canon superheroico, pero puede sernos útil igualmente para entender las funciones de algunos personajes. Siguiendo este razonamiento, ¿por qué nos identificamos con La Patrulla-X, entonces? Tal vez porque este grupo encarna otra de las necesidades recurrentes en la adolescencia: la de sentirse diferente, especial y valioso, simplemente por ser quien eres. Un poco lo que pretende Albert Espinosa con su estúpido concepto de “gente amarilla”. Y es triste decirlo, pero si Lobezno ocupa un lugar especial entre los integrantes de su grupo mutante, es por esta misma razón.  Lo interesante es el camino que ha tenido que recorrer para llegar ahí, pero eso lo veremos más adelante.

Lo de Lobezno con las crías jóvenes es tan preocupante como lo de Albert Espinosa con lo suyo. (Dibujo de Ricken-Art)

Al contrario que los superhéroes convencionales, los mutantes de La Patrulla-X no han hecho nada para obtener sus talentos sobrehumanos. El resto de superhéroes tienen sus “historias de origen”. Mientras realiza un experimento con radiación, a Peter Parker le pica una araña contaminada proporcionando al estudiante la agilidad y las habilidades características de los arácnidos. Los Cuatro Fantásticos obtienen sus psicodélicos poderes después de ser bombardeados por rayos cósmicos mientras intentan llegar a la luna en cohete antes que los soviéticos. Matt Murdock se queda ciego, pero también ve cómo el resto de sus sentidos quedan aumentados, después de que un camión accidentado derrame sobre él un barril de residuos radiactivos…. Eran los sesenta y el sueño de la era atómica producía monstruos como Godzilla o la Masa.

Son muchos los superhéroes que obtienen sus poderes por accidente o después de un acto de arrogancia científica (por eso Reed Richards tiene tanto que ver con Prometeo); arrogancia que en ocasiones va unida incluso a un cierto nivel de arrogancia moral (caso de Spiderman, quien se niega a detener a un ladrón después de recibir sus poderes). A esta arrogancia moral, los griegos, en sus mitos, la denominaban hibris; sin embargo, en los mutantes este acto de desafío original, común a dioses y superhéroes, ese robar la manzana del árbol, casi nunca está presente. El mutante es lo que es desde el momento de su nacimiento, por mucho que sus poderes solo empiecen a manifestarse durante la adolescencia. Así ocurre con los miembros de la Patrulla-X original, Cíclope, la Chica Maravillosa, la Bestia, el Hombre de Hielo y Ángel, pero también con el resto de integrantes que, en un momento u otro, van uniéndose al grupo. Y eso es reconfortante para el lector adolescente porque lo que estos modelos de ficción le demuestran es que no se necesita hacer nada para ser especial o diferente, y por lo tanto, valioso. Para el adolescente, entonces, resulta muy fácil proyectar sobre los mutantes esa sensación de ser distinto a los demás, un bicho raro; sobre todo si la fuente de dicha diferencia es algo que durante la adolescencia se percibe como incomprensible e innato, ya sea el leer demasiado, no tener las mismas aficiones que tus compañeros de clase, pertenecer a otra raza o cultura, que te gusten las personas de tu mismo sexo, o simplemente ser un friqui.

El problema de los mutantes no es su talento o su diferencia, pues siempre hay gente como Charles Xavier dispuesta a ayudarte a asumir tu elemento diferencial. El verdadero problema es la reacción que produce tu diferencia en el resto de la gente. No hay pecado original en los mutantes (ni en el adolescente, ni tampoco en ti, lector), sino en la sociedad que les rodea y no les acepta. Y en ningún personaje es todo esto más cierto que en Lobezno, pues él, lejos de sufrir un accidente o de haber intentado forzar los límites de la ciencia, debe su diferencia, su rareza, a un gran pecado que otros han cometido contra él.

Una de las cobayas del MK-ULTRA, a través del cual la CIA investigó la posible aplicación del LSD para controlar el sistema neurológico de los sujetos experimentales. El escritor Ken Kesey fue uno de ellos e hizo una bonita parábola sobre este asunto en su novela Alguien voló sobre el nido del cuco

La historia donde se relata este pecado, Arma-X de Barry Windsor-Smith (Marvel Comics Presents, nos. 72-84), sigue siendo una de las más reveladoras e intensas sobre del personaje. Como mutante, Lobezno ha nacido con un sistema inmunológico y regenerativo literalmente a prueba de balas que le convierte en el sujeto ideal para un experimento del gobierno (1), en una época, a finales de los ochenta, en la que todavía se hablaba de algunos de los experimentos reales que la CIA había llevado a cabo con cobayas humanas durante los sesenta, tales como el proyecto MK-ULTRA, por no hablar de los Candidatos de Manchuria… El experimento Arma-X consiste en dotar al sujeto de un esqueleto de un material irrompible, el adamantium, con el fin de convertirlo en el arma definitiva. Y solo alguien con las plaquetas sobrehumanas de Lobezno puede soportar el terrible y doloroso proceso al que se ve sometido: recubrir toda su materia ósea con metal fundido.

Lo que Windsor-Smith hace en Arma-X es describir de manera minuciosa, completamente detallada paso por paso, todo un proceso de violación que, aun pudiendo interpretarse de forma simbólica, nunca deja de ser brutalmente literal. “Me buscaron. Me encontraron. Me trajeron aquí. Me abrieron. Violaron mi cuerpo”, piensa Lobezno cuando recupera la conciencia después del proceso. Sin su consentimiento, Lobezno es penetrado por un elemento extraño, el metal, que los científicos introducen en su cuerpo no a través de un solo orificio, sino haciéndolo fluir hacia dentro a través de sus poros. Si Lobezno tiene garras es porque su esqueleto ya las tenía, eso es verdad; pero su razón de ser, el motivo último que le mueve es el gran pecado que han cometido contra él. Es el acto de violación perpetrado contra su cuerpo y contra su mente lo que convierte a Lobezno en un monstruo de metal; es el motivo de su amargado carácter y de la actitud con la que se planta ante la vida.

Una de las muchas correspondencias metafóricas entre viñetas que pueden encontrarse en Arma-X

Aunque Barry Windsor-Smith presenta la violación de Lobezno de manera muy literal, se esfuerza bastante, desde el punto de vista gráfico, para que ésta tenga también una dimensión metafórica. El leit-motiv visual de la obra comprende todo tipo de objetos punzantes y fluidos, cuyos ecos resuenan de una viñeta a otra anticipando el tema de Arma-X y llevando la brutal experiencia sufrida por su protagonista a un ámbito más cotidiano; incluso las gotas de lluvia resbalando por el rostro de Lobezno se transforman en gotas de sangre y agujas al fluir hacia la viñeta inferior. Este tipo de detalles visuales vinculan el acto de violencia sufrido por Lobezno no solo a su presente, el momento en que está ocurriendo, sino también a su futuro y a su pasado, como si una vez ocurrido, pasara a condicionar toda su historia vital. En la viñeta de arriba, la imagen de la lluvia es anterior a la operación quirúrgica a la que se somete a Lobezno; pero ya de algún modo, la sangre que derramará es anticipada por ella, al bajar la mirada hacia la viñeta inferior. El destino está escrito en el pasado de Lobezno, nos sugiere la imagen. Y no podrá hacer nada por librarse de él en un día lluvioso. Quizá por ello la impresión de brutalidad que deja Arma-X, la sensación de entrar en un espacio donde la violencia reina de forma tan absoluta, es bastante mayor bajo la pluma de Windsor-Smith, que la que deja cualquiera de las barbaridades que podamos admirar en el Pudridero de Johnny Ryan. A lo que hay que añadir que cuando la penetración física acaba y Lobezno ha recibido ya su esqueleto de metal, la tortura aún no ha acabado para él, pues se aún habrán de sucederse otra serie de vejaciones, más bien psicológicas, cuyo fin es despojarle poco a poco de cualquier rastro de humanidad que pudiera quedarle.

El tanque de privación sensorial de Lobezno recuerda a los utilizados en los experimentos con psicodélicos (ver Altered States, de Ken Russell)

Primero el cuerpo y después la mente. Mientras le llenan por dentro de metal, a su cerebro lo vacían de contenido. Y después de enfrentarlo a todo tipo de animales para comprobar su ferocidad y su falta de sentimientos, llega la prueba definitiva: enfrentarle a una ilusión mental en la que mata al director del proyecto, el llamado “Profesor”, una especie de mad doktor moderno (es decir, un demiurgo más dado a la mentalidad burocrática que al delirio creativo; más cercano a la CIA que al Doctor Muerte). Corren nuevos tiempos y la historia ha tenido tres décadas, los sesenta, los setenta y los ochenta, para demostrarnos que los “doctores chiflados” en realidad nunca tuvieron glamour: Von Braun disparaba cohetes a ojo contra Londres, con el halo mefistofélico y delirante que eso conlleva; y sin embargo acabó, unos años más tarde, como director de la NASA: un mero burócrata de alto nivel. Los doctores chiflados siempre fueron, en realidad, mucho más parecidos de lo que creíamos al “Profesor” de Arma-X, gente bastante aburrida que sigue órdenes. Pero para Lobezno, su “Profesor” cumple además el rol de sustituto simbólico de su padre, pues cada monstruo tiene su doctor Frankenstein. Y el plan de este doctor es brillante de puro retorcido: hacer creer a Lobezno que su venganza se ha cumplido, que su ansia de justicia ha sido satisfecha, implantando en el cerebro de éste la imagen de su muerte, ejecutada por el propio Lobezno. Éste es el modo que tiene de hacerle perder definitivamente su humanidad: haciéndole creer que es libre sin serlo.

El juego mental al que el “Profesor” somete a Lobezno hace que la metáfora de la violación alcance otro nivel de significado, permitiendo que el lector se identifique con el protagonista en otros niveles. O ¿acaso no se nos tienta a nosotros también con una burda ilusión de libertad, especialmente en el trabajo, con el fin de hundirnos aún más en nuestra condición robótica? ¿Y no es esa ilusión de libertad una de las principales fuentes de ansiedad del adolescente? Estudia ahora para poder dedicarte a lo que quieras el día de mañana. Obedece en casa, que ya cuando tengas tu propia familia podrás establecer tus propias reglas. Toda sociedad inventa su propia noción de libertad con el fin exclusivo de suprimirla. La ilusión de que algún momento podrás matar a tu padre y elegir tus propias reglas. Lobezno cae en dicha en trampa, pero no por mucho tiempo. Su forma de recuperar esa libertad que el adolescente con frecuencia juzga inexistente, es totalmente expeditiva y pasa por devolver a los responsables la misma violencia que él ha recibido.

No nos engañemos. Matar al padre nunca soluciona nada

Una forma de justicia con la que es fácil identificarse, pero inalcanzable tanto para el adolescente como para todos los que, después de todo, seguimos interesados en mantener una cierta imagen de personas civilizadas. De ahí la admiración que, en un momento dado, podemos sentir hacia Lobezno. Porque él sí puede. Los más salvajes de sus actos van dirigidos hacia aquellos que le han hecho ser lo que es y, además, tiene todo el tiempo del mundo para que dicha justicia se cumpla pues Lobezno es inmortal. La fantasía que nuestro héroe representa, en este sentido, no es nueva. Tiene bastante que ver, en realidad, con el éxito que otros personajes tuvieron en su momento entre el público adolescente, como por ejemplo, Louis, el protagonista de Entrevista con el vampiro (1976). Soy lo que soy por culpa de un mordisco, esa afrenta original cometida por otro en contra de mis propios intereses y que ahora me obliga a hacer lo que hago: alimentarme de la sangre de otros seres humanos. En el egoísmo de esta afirmación, hay mucho con lo que puede identificarse el adolescente que se ve a sí mismo como víctima de alguna afrenta simbólica. Si el pecado original lo cometieron otros, entonces no tengo por qué sentirme responsable de mis propios actos. ¿Por qué sentirme responsable si no elegí nacer? Si mis padres me engendraron por sus propios y egoístas motivos, ¿por qué no juzgarles a ellos, en lugar de juzgarme a mí mismo? De nuevo, la necesidad de matar al padre. La fantasía narcisista que representan Louis o Lobezno tiene un enorme atractivo para todo aquel que, en pleno proceso de formación de su personalidad, egoísta o no, tiene que pasar por un periodo de negación en el que ha de de cuestionar los valores de los adultos para poder empezar a definir su carácter y su lugar en el mundo.

Magnifico homenaje de Frank Miller al Trono de sangre de Kurosawa

Con frecuencia, la autocompasión y la vergüenza son dos reacciones habituales ante una violación real; y en la violación que simboliza Lobezno, la misma que sentía James Dean en Rebelde sin causa, también se dan estas emociones. La primera es típica de cualquier mutante de la Marvel, especialmente cuando estaban bajo la batuta de Chris Claremont; la segunda tiene mucho que ver con que nuestro mutante de las garras apenas hable nunca de su pasado. ¿Por qué le lleva tanto tiempo contarle a sus compañeros lo que le han hecho? ¿Por qué ni siquiera les dice que su nombre es Logan hasta pasado ya un buen tiempo? El único motivo que puede tener Lobezno para querer borrar su pasado es la vergüenza que siente por lo que le han hecho, como el niño que ha sufrido abusos o la mujer que ha sido violada. No es de extrañar, por tanto, que Lobezno sienta un profundo desprecio no solo hacia sí mismo, sino hacia todo lo que se le parece; al mismo tiempo que siente una enorme atracción hacia lo que es diferente a él. De ahí su atracción por Mariko Yoshida: una mujer oriental, refinada y dulce, que pertenece a una familia aristocrática y que se sabe de memoria su árbol genealógico. Mientras que Lobezno… lo único que se puede decir de él es que por lo menos conoce a su padre.

Este odio hacia uno mismo, tan característico también de la adolescencia, es el motor que impulsaba la otra gran obra de Lobezno, la serie limitada que a principios de los 80 realizaron Claremont y Frank Miller. Dividido entre dos mujeres, Mariko y Yukio, una asesina como él, de aspecto poco femenino, Lobezno se ve enfrentado a esas dos pulsiones opuestas provocadas por su auto-desprecio. Su relación con Mariko está condenada al fracaso, pues ambos pertenecen a dos mundos diferentes. En cambio, Yukio… Pero esta situación, en el fondo, tiene poco de real, pues solo se deriva del odio que Lobezno siente hacia sí mismo. No tiene ningún motivo sólido para enfrentarse a dicha dicotomía. Mariko le ama, por mucho que el padre de ésta se oponga a la relación; por lo que el complejo de inferioridad de Lobezno está totalmente injustificado. El Lobezno de Claremont y Miller no deja de ser un cuento moral bastante simple: lo único que hay que hacer es seguir lo que te dice el corazón, parece estar diciendo. Aunque leyéndolo después de la versión de Lobezno que plantea Windsor-Smith, no parece ésta la moraleja más sensata ni la más realista. ¿Cómo se sentiría la víctima de una violación si oyera dicha frase como consejo?

Más claro, el agua. Otro igual que Superman (Dibujo de Marc Silvestri)

Pero el Lobezno de los 80 era, por supuesto, una versión mucho más amable y ligera del Lobezno profundamente agónico de Windsor-Smith. Y aparte del mensaje moral que contiene su serie limitada, Claremont hizo que Lobezno encarnara otra fantasía compensatoria bastante amable, y que al igual que la fantasía de la inmortalidad vampírica, resulta muy efectiva de cara a interesar al lector adolescente agobiado. Se trata del rol mesiánico. En pocos lugares es tan evidente como en Días del futuro pasado (The Uncanny X-Men, nos. 141 y 142, que por cierto, será la siguiente adaptación cinematográfica que veremos de la franquicia), uno de los relatos mejor recordados de La Patrulla-X, en el que presenciamos el triste futuro que les espera a los mutantes alrededor de la segunda década del siglo XXI. En América, los mutantes son privados de derechos civiles e internados en guetos, como resultado del “Acta de control mutante”, una ley que exige que todos los portadores del gen diferencial tengan que registrarse en una lista del Gobierno, como llegó a plantearse en su momento tras la aparición del SIDA y, como efectivamente se practica en la actualidad en E.E.U.U. con ciudadanos considerados potencialmente peligrosos, como pederastas y pedófilos.

En Días del futuro pasado, Lobezno (Coronel Logan) no solo es el líder de la resistencia canadiense, también es él quien proporciona a los supervivientes de la Patrulla-X (Kitty Pride, Coloso, Tormenta, Magneto, Franklin Richards y Rachel Summers) el aparato que necesitan para mandar a Kitty de vuelta atrás en el tiempo para cambiar su presente. El plan consiste en regresar al momento clave en la historia del que se derivó la catástrofe: la elección presidencial de 1980. Aunque en el cómic el candidato ganador resulta ser un tal Robert Kelly, Claremont y Byrne no ocultaron los paralelismos que su historia guardaba con la realidad. La campaña del 80 dio como vencedor a Ronald Reagan, quien puso punto final al periodo político más progresista que ha habido en Washington desde la muerte de J.F.K., los cuatro años de Jimmy Carter. Al parecer lo que tienen que impedir los mutantes es el asesinato de Reagan (representado por su repulsivo sosías, Kelly), cosa que si llega a ocurrir que dará pie a la aprobación inmediata del Acta de control mutante. Y la única esperanza de los mutantes, por supuesto, es Lobezno, quien se siente como en casa viviendo en la clandestinidad y que, con su sacrificio, proporcionará a sus amigos el instrumento necesario para cambiar la historia.

“No importa el daño que te hayan hecho si consigues darle un sentido y utilizarlo para ayudar a los demás”, es el mensaje básico que contienen las fantasías mesiánicas y que sirve como forma de compensación para una personalidad que tiende hacia el auto-desprecio y la auto-compasión. Una fantasía que, para bien o para mal, ha marcado la carrera de Lobezno desde entonces. La podemos encontrar también en El viejo Logan (Wolverine, vol. 3, nos. 66-72, de Mark Millar y Steve McNiven) donde se referencian de forma muy cercana al pastiche numerosos arquetipos mesiánicos, como el William Munny de Sin perdón, o el personaje que interpretaba Bruce Lee de Kárate a muerte en Bankgok. Todo esto con el fin de caracterizar a Lobezno… como si este necesitase algún tipo de caracterización adicional.

No importa mucho. Hay que aceptar que Lobezno es un personaje que debido a su propia naturaleza arquetípica no admite grandes posibilidades de evolución. Y mejor que así sea, pues quizá gracias a ello hay pocos personajes en el cómic de superhéroes que representen mejor el pathos adolescente que en su sentimiento de rebeldía solo encuentra vergüenza, desprecio por sí mismo y un intenso deseo de ser considerado un ser humano, igual y al mismo tiempo diferente a los demás.

NOTA:

(1) El hecho de que el responsable del proyecto Arma-X sea el gobierno canadiense y no el norteamericano es, aun hoy en día, motivo de risas contenidas entre los fans.

Teórico, guionista de cómic y novelista. Sus ensayos sobre cómic y narración gráfica son comercializados por Editorial Marmotilla. Como autor de ficción, se ha especializado en literatura fantástica y de ciencia ficción; sus relatos pueden encontrarse en Orciny Press y Salto de Página. Es autor de la novela Blitzkrieg!, que tiene como protagonistas a Nikola Tesla y Albert Speer. Tantoesta novela como su libro teórico "Jack Kirby. Una odisea psicodélica" son fruto de su investigación sobre sustancias enteógenas. También es autor literario y guionista de "Los Ángeles de María", una novela gráfica sobre el primer grupo católico de superheroes de la historia. Trabaja como profesor del departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Valladolid.

▶Narraciones gráficas. Del códice medieval al cómic.
▶La secuencia gráfica. El cómic y la evolución de su lenguaje.
▶Jack Kirby. Una odisea psicodélica.
Ediciones Marmotilla (Libros sobre cómic): https://lamarmotilla.com/publicaciones-dos/

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