El llanero solitario

Hablar sobre ciertas películas, como El llanero solitario (2013), de Gore Verbinski, supone sentirse el abogado defensor de un condenado a muerte. Pese a que Verbinski ha realizado dos obras tan notables y estimulantes como El hombre del tiempo (2005) y Rango (2011), su nombre sigue asociado a la sección «Desperdicios de celuloide», con lugar de honor para las tres primeras obras de la saga de Piratas del mar Caribe, emblema del cine de parque temático. Verbinski tiene el estigma de representar a lo más adocenado del cine que domina los mares de las pantallas del mundo. No se le considera un cine pirata, sino cine opresor.

El productor, Jerry Bruckheimer es uno de los principales representantes de esa opresión, que estableció en los 80 un reinado con, sobre todo, la complicidad de Tony Scott, a partir de Superdetective en Hollywood (1984), un tipo de obra que se define por el entusiasmo hacia el «mucho ruido», y el desprecio por las «nueces», apoyado en la pirotecnia de los efectos especiales y el regusto por todo tipo de destrucciones. Johnny Depp también parece haber entrado en desgracia en esta última década, en paralelo a su amigo y cómplice Tim Burton. Demasiados «sospechosos habituales» juntos. Difícil desasirse de esa «letra escarlata» si además se pretende repetir la jugada de Piratas del mar caribe, pero en vez de hacer un cocktail génerico  con la aventura, la comedia y el fantástico, sustituir al primero por el western, como una ligera variación en el menú fast food,  y de nuevo con Depp jugando a las extravagancias y los disfraces, siguiendo la estela de Lon Chaney, Alec Guinness o Peter Sellers.

Si su pirata se revelaba como la seña de distinción que animaba, o dotaba de personalidad, un repertorio de convenciones (o su pálido remedo) en la primera película de la saga de piratas (que resulta más desequilibrada, y más burda, en la segunda, pero más ingeniosa en la tercera, como si a la tercera se lograra afinar el combinado, con algunas secuencias brillantes, de jugoso absurdo, como la del barco en el desierto), ahora su personaje, de nuevo desfigurado por el maquillaje, se conjuga más armoniosamente con un conjunto que apuesta por la excentricidad de un modo más afinado, sin quedarse desfigurado en la extravagancia ni atrapado en los oxidados engranajes de las mecánicas convenciones, y haciendo mordaz uso de los contrastes.

He de decir ya que la jugada me parece que supera con creces a la trilogía pirata, y no desmerece de Rango, de la que me parece una variante pero con seres humanos. Rango tenía un comienzo magnífico que ya nos situaba en el territorio de un suculento contraste, entre la vida sin historia o la sensación de sentirse nada y el sueño de vivir una historia, de habitar el acontecimiento, en el que no solo sentirse alguien, sino el protagonista del escenario. En el comienzo de El llanero solitario ya nos sitúan en la incertidumbre así como en la evidenciación de un escenario, de una representación. Un niño entra en la atracción de una feria. Una figura que parecía de cera resulta estar animada. Es un indio anciano, Tonto (Johnny Depp), quien le relatará sus aventuras pretéritas. La representación es puesta en cuestión por un relato en el que hay flecos que resultan incomprensibles, ya que ni siquiera son esclarecidos cuando el espectador, el niño, se lo pregunta (cómo escapa de una prisión, cómo llega alguien a cierto destino). La voz narradora puede estar relatando un mero cuento, ni siquiera una distorsión de los hechos. Quizás. Además, el niño que interpreta al oyente/espectador es el mismo que interpreta al hijo de la mujer que ama el héroe del relato, John Reid (Arnie Hammer), un abogado, como el que encarnaba James Stewart en El hombre que mató a Liberty Valance, que se convertirá en «el llanero solitario», aunque precisamente, su contrapunto, Tonto, ponga en cuestión en el último plano del relato que ese sea el apodo que utilice a partir de entonces (como pide que no repita ese grito característico del personaje hacia su caballo).

El relato, entonces, es enunciado por su acompañante, el bufón, cuya estabilidad mental es a la vez puesta en cuestión durante el relato, ya que se le considera extraviado por una tragedia infantil. Dobles cuestionamientos, desde fuera y desde dentro del relato. Se pone en cuestión la voz que enuncia el relato, que a su vez ejerce de contrapunto irreverente o desmitificador. Es quien apunta que el héroe usa máscara porque es un «fuera de la ley», no es un vigilante, sino que aplica una justicia que la ley o los que representan la ley no ejercen porque más bien abusan de ella. Aunque la película sea irregular, y sufra algún desfallecimiento, o se extravíe en demasiados meandros narrativos, por pecar de exceso, este exceso me resulta de lo más estimulante, porque es plena exuberancia, juego, a la vez que cuestionamiento del mismo relato, y de la institución de los relatos, de la verdad. Además los personajes, el héroe y el bufón se enfrentan a la representación de un poder, económico (sobre el apropiamiento de suelos, la limpieza étnica, sea con la extracción de metales o con la construcción de trenes) apoyado por el militar, que pretende imponer su mirada, dominar la realidad, desestimar otras versiones, otras realidades, construir su imperio sobre mentiras y falacias, instituir un relato conveniente para sus intereses.

Además, El llanero solitario, acierta en los juegos genéricos, allí donde se encallaban la demasiado mecanica Cowboys & aliens (2011), de Jon Favreau, o la muy pretenciosa y autoindulgente Django Desencadenado (2012) de Quentin Tarantino. Resulta mucho más vibrante que la primera en la delineación de las espectaculares de acción, caso de las largas secuencias de los enfrentamientos en los trenes. Y su humor como, repito, en la muy reivindicable Rango (también más estimulante que cualquier spaguetti western en el que se inspira en su iconografía), resulta de lo más vivaz, además de ingenioso, y desde luego más compartible su irreverencia, y su muy mordaz aproximación al héroe, al mito o la construcción de leyendas y de la(s) historia(s), que la esquemática y adolescente autocomplacencia de Tarantino. Pero el humor de este es aplaudido, mientras que El llanero solitario más bien parece, incluso antes de su estreno, dirigirse hacia el cadalso. Prefiero las interrogantes de este condenado a muerte. No sabemos quién mató a Liberty Valance, porque se instituyen las verdades según conveniencias. O simplemente es el relato contado por alguien trastornado. Al fin y al cabo, es difícil discernir si la realidad no será meramente la atracción de una feria.


El llanero solitario

  • Director:Gore Verbinski
  • Interp: Armie Hammer, Johnny Depp, Tom Wilkinson, William Fichtner, Ruth Wilson, Helena Bonham Carter, James Badge Dale, Bryant Prince
  • EEUU
  • 2013
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