Una de las calles que salen del optimismo platónico es la idea de que aprender es recordar. Hay un pasado ideal y comunicarse con él es comunicarse con la forma más esencial y pura de la sabiduría. Sin que haya ninguna relación directa con el platonismo (más allá de que todos estamos en alguna medida condicionados por él) Sulfuro tiene algo de reverso terrible de esa idea. En la novela de García Lao el pasado es un flujo mefítico que puede envenenar el presente.

García Lao, que se hizo conocida en España por su Nación vacuna entrega una de esas novelas que sorprenden por la eficacia de su estructura. Lo que empieza como una novela casi costumbrista alrededor de una mujer reprimida y traumatizada por su pasado se va convirtiendo, poco a poco, en una historia de fantasmas y luego en un relato casi de terror. Pero la transición entre las novelas es tan sutil que el lector no es capaz de detectarla hasta que está dentro de ella. Como una trampa o, más bien, como una lección que aprendemos demasiado tarde, la novela se va convirtiendo en otras novelas sin que en ningún momento haya una transformación en el estilo o en la perspectiva del narrador.

Al final acabamos por reconocer un virtuosismo técnico que no es evidente al arrancar la novela, pero que es inevitable según se avanza, en especial por la solidez con la que se sujeta la estructura para que el relato se vaya contaminando poco a poco, igual que la propia protagonista, de ese pasado que la arrastra.

Veremos al personaje principal que, poco a poco, se va consumiendo por la soledad, por la culpa, por el pasado y por unas convenciones que la destruyen mientras ella emprende una huida circular que la conduce, directamente al pasado, a través de una relación fantasmagórica que al mismo tiempo que la consuela la va alejando, de forma cada vez más clara e irreversible, de todo lo que la rodea.

The childish bath (1893); Mary Cassatt

Como una adicta, la relación con el pasado es lo único que la consuela del presente pero, al mismo tiempo, esa misma relación la cierra en un bucle del que, en un momento dado, el lector sabe que ya no podrá escapar. La novela se transforma entonces (insisto, sin cambiar ninguno de sus atributos formales) en la descripción de una caída que el lector observa entreabriendo los dedos, como quien ve un accidente de tráfico: no sabes cuáles son las consecuencias exactas, pero no tienes ninguna razón para pensar que de ahí vaya a salir algo bueno.

Hay algo de dramático en la soledad de un personaje que sólo es capaz de definirse en su relación con los otros, a pesar de que en los otros nunca encuentra nada que la ayude en ningún sentido. Lo más parecido al amor que encuentra es la ironía o la condescendencia. No en vano cada capítulo se titula con una lista de los personajes que interactúan con la protagonista, como si fuese la enumeración de personajes en una obra de teatro. En escena pueden aparecer muertos, vivos, perros o naranjos. El capítulo siempre consiste en la relación entre la vida en desintegración de la protagonista y el resto de participantes.

 A la lista de agresores habría que sumar además el propio tiempo, que se presenta dislocado, como queriendo reforzar el extrañamiento de unas situaciones en las que el devenir está más impulsado por el fatum que por la causalidad. Dicho de otra manera: no es que la protagonista no pueda elegir, es que no hay elección posible para ella: las cartas están marcadas. Por eso la protagonista deambula entre las escenas de su vida, como un fantasma más, cumpliendo sin voluntad con las paradas que conforman su propia existencia.


Sulfuro

Licenciado en Humanidades. El que lleva todo esto a nivel de edición, etc. Le puedes echar las culpas de lo que quieras en miguel@enestadocritico.com. Es público y notorio que admite sobornos.
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Miguel Carreira López

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