Mud: «Estamos solos, Ellis» 

Juniper: «¿Por qué haces esto? ¿Por qué nos ayudas?» 

Ellis: «Porque os queréis.» 

Entre ambas frases, entre el barro y el horizonte, entre la intemperie y las copas de los árboles que tocan con sus ramas el cielo, se teje el frágil hilo de la insurgente ilusión que alienta Mud (2012), de Jeff Nichols. 

Ellis (Tyle Sheridan) y Neckbone (Jakob Lofland), dos chicos de catorce años (cuales Tom Sawyer y Huckleberry Finn) que viven en el delta de Missisipi, en Arkansas y han encontrado su particular Isla del Tesoro. El tesoro en cuestión es un bote que ha quedado atrapado en la copa de un árbol, entre sus ramas. Pero las alturas, el sueño de liberarse de la gravedad que hace caer en la realidad, conviven con el barro. Y barro somos, del barro provenimos. La huella de un pie indica que alguien ha tomado ese bote como un refugio. Una huella que recuerda que los humanos no volamos aunque soñemos con escapar, con transcender la rutina de los días con las alas que provee el amor. Aunque en el hogar de Ellis haya poco batir de alas, más bien graznidos, gestos crispados y reproches. Para su padre, las mujeres impiden volar a los hombres, se convierten en un lastre. Te dejan a merced de la corriente, sin rumbo. Neckbone también ve en su hogar cómo las mujeres se quejan de cómo su tío, Galen (Michael Shannon), las trata. Una chica le dice que no sea como él, que las trate como princesas, no como material desechable e intercambiable, como si fueran uno de esos objetos que encuentra entre el limo. El amor parece que, a ras de suelo está un tanto maltrecho, pisoteado.  

Hay botes que aparecen donde menos lo esperas, donde no parece su espacio habitual. También hay quien aparece como si surgiera de la nada, caso de Mud (Matthew McConaghey). Cuando Ellis y Neckbone retornan al bote, Ellis advierte unas huellas, pero estás terminan en mitad de la nada. Cuando se vuelve, junto al bote está Mud. Si al final de Take shelter (2010), la tormenta en el horizonte señalaba que la incertidumbre era la fuerza dominante de la naturaleza, de la vida, Mud es como una tormenta que surge imprevista. Es lo extraño, lo diferente, que irrumpe como si fuera la tormenta de un amor posible que no sabe de límites. Mud es la mancha, la que lleva por haber asesinado a un hombre que maltrataba a la mujer que amaba, Juniper (Reese Whiterspoon); es la mancha de un fracaso, la de no haber sabido qué hacer con su vida, aún materia sin modelar, sin definir. Mud no es un vagabundo, sino figura errante que no ha encontrado su lugar.  La amenaza de la soledad en el horizonte cuando pugnas por tus sueños, y te tropiezas una y otra vez en el camino. Y retornas, como si en tu origen se pudiera rectificar los errores que has ido cometiendo. Mud es alguien que huye, alguien que busca, alguien que quizá haya desaprovechado su vida, alguien que aún cree posible forjar un horizonte en su vida. 

Más que de Long John Silver, Mud puede tener algo del Jeremy Fox de Los contrabandistas de Moonfleet (1955), de Fritz Lang, por su pasado marcado por heridas, decepciones, fracasos, torpezas. Quizás no tan sombrío, quizás aún un niño grande que piensa que con los botes que están en las alturas se puede alcanzar el horizonte. En un bote, precisamente, moría Fox, bajo la mirada del niño que le había abierto heridas del pasado en su memoria. Mud también tiene su padre, Tom (Sam Shepard), de pasado también convulso, siniestro, como agente o francotirador, para la CIA o el ejército, quién sabe. A un lado u otro de la ley, la violencia siempre como mancha, como primer mordisco que ensombrece el paraíso. La naturaleza agreste que puede poner un cepo en tu camino, un canal repleto de serpientes. Tom es vecino de Ellis, en la otra orilla. Quién sabe lo que hay en la otra orilla, esas que se desean cruzar, que se convierten en pantalla de lo posible, en lo que quizá te conviertas, pero descubres que contienen las heridas de su propio pasado. Contemplas durante años aquella otra orilla, sin saber lo que se oculta tras aquel rostro de mirada impenetrable. Y un día sus heridas, las huellas del barro, surgen  desde el cielo, como si fueras tú, sombra extraviada, como te sientes ahora en los primeros pasos de tu vida, porque tu hogar parece derrumbarse. ¿Hay un horizonte? ¿Hay una orilla que alcanzar?  

Ellis aprende a través de los reflejos en los adultos que el sendero del amor, de las relaciones afectivas, puede ser un charco lleno de serpientes. Mud lleva una tatuada en el cuerpo. Hay tanto veneno que extraerse, tanto veneno que arrojamos sobre los demás. Ellis lucha porque el reencuentro entre Mud y Juniper sea posible, porque así siente que contrarrestara lo que se derrumba en su hogar, como este será desmantelado, ya que la madre ha decidido marcharse lejos. Aunque haya que enfrentarse a cualquier adversidad por amenazante y peligrosa que sea, como el grupo que ha reclutado el padre del hombre que mató Mud. Porque lograr que ese amor sea posible, hace creer, sentir, que no se está solo, que no estamos solos, que no todo acaba desintegrándose, entre reproches, resentimientos, indiferencia y amargura.  

Ellis comienza a dar sus primeros pasos en el barrizal del amor, y descubre que las personas pueden ser volubles, caprichosas, inconstantes. Mud es como un sueño que hubiera invocado, la ilusión que no sabe de límites, la perseverancia que confía en lo posible, en otra sonrisa en el horizonte, en la posibilidad de la vida como un viaje que nos rescate de nuestras inercias, del veneno de nuestro inmovilismo, varados en nuestros lamentos, sin saber dar luz al fango. 


Se divierte en clase. Literatura, filosofía, r’n’r. Trata de tomárselo con deportividad.

Un niño, un libro, una moto.

https://youtu.be/nhbSYP8cyD8
David Sánchez Usanos
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