Hubo un tiempo, diez años atrás, en los que se hablaba de relevo del libro en papel por el formato digital como de una cuestión inminente. Se decía que el relevo sería rápido y cruel, parecida a la extirpación quirúrgica de los CDs con la aparición de los formatos digitales. Evidentemente, se minusvaloraban valores y circunstancias que afectan al libro y que no estaban presentes en el mercado de los formatos musicales. Basta con ver cuántos libros guarda la gente en su casa o la cantidad de espacio dedicados en las bibliotecas a los libros y al resto de formatos para darnos cuenta de que la guerra entre el libro y los ebooks no tenía nada que ver con la masacre de los CDs a manos de los dispositivos electrónicos. Diez años después, todo esto parece muy claro. Entonces no lo parecía tanto. Cuando se discutía sobre el posible relevo de la edición tradicional a manos de la digital los paladines del papel tenían (teníamos) tendencia a ponerse románticos y apelar a la metafísica de las meras cuestiones físicas, es decir, de las propiedades del objeto. Hablaban de su peso, de su consistencia; a menudo incluso de su olor. Hablabas con un fanático del libro y tenías que poner mucha atención para estar seguro de que estaba hablando de una novela y no de un bizcocho. El asunto podía llegar a ponerse hasta ridículo y, sin embargo, tuvieron razón. Un punto para lo ridículo. 

Todo esto viene al caso porque La edición de 1280 almas de Libros del zorro rojo es un objeto particularmente hermoso. Claro, el texto de base, es decir, el original de Jim Thompson, sería el mismo en una edición en papel y en una edición digital. También podría utilizarse en los dos casos la traducción de Prometeo Moya o los dibujos de Jordi Bernet (aunque en el tema de los dibujos, sin querer hacer un chiste fácil, aparecen las primeras sombras).  

Pero lo que no se puede trasladar es la sensación que provoca el propio libro, el brillo de esas sombras en las páginas que se doblan al pasarse. La felicidad, un poco idiota (qué se le va a hacer, la felicidad no destaca por su inteligencia) que le produce al bibliófilo la solidez de la forma, el peso de un gramaje contundente, la consistencia de la página. El olor… 

Así que, aunque después uno no sepa muy bien si ha escrito sobre un libro o sobre un bizcocho merece la pena decir que esta edición de 1280 almas es un objeto físicamente hermoso. Todo eso antes del contenido, antes de la novela, antes de la traducción, antes del texto original. Antes de nada, este volumen merece la pena porque es hermoso. 

Más allá de la metafísica de lo sensorial estas 1280 almas nos llevan a una novela que en España quizás mantenga todavía el estatus de obra “de culto” pero que en otras literaturas ha ascendido, junto con su autor, al olimpo de los clásicos. Aunque creo que en España y, en general en el mundo hispanoamericano, Thompson no ha llegado al nivel de popularidad entre el gran público de otros grandes del género negro (como Chandler o Hammett) en general ha alcanzado un reconocimiento muy cercano a los dos grandes colosos del noir. De hecho, esta 1280 almas fue elegida por la prestigiosa Gallimard para editar el número 1000 de su colección de género negro, una señal del prestigio que había alcanzado Thompson todavía en vida. 

1280 almas quizás sea la novela que mejor condensa los lugares habituales de las novelas de Thompson, quizás incluso más que El asesino dentro de mi, que creo que hoy es su novela más popular. Porque si en El asesino nos encontramos al personaje más característico de las novelas de Thompson, uno de los vectores que creo que definen más la fórmula del autor es la atención a cómo esos personajes característicos, con sus monólogos murmurados a medio camino entre el humor, el cinismo y la psicopatía, se comportan en un mundo que, no solo no los rechaza mientras cumplan las normas explícitas, sino en el que son capaces de moverse con relativa comodidad e incluso encontrar a otros individuos con los que establecer algún tipo de relación. 

En 1280 almas tenemos a Nick que está casado con Myra. Si sabe usted algo del matrimonio habrá llegado a la conclusión de que Myra está casada con Nick. Esto puede parecer eso que se llama un dato baladí, pero no lo es tanto. Nick, en realidad, no tiene muchas ganas de estar casado con Myra, ni tampoco las ha tenido nunca. Nick no necesita a Myra para nada o, al menos, no la necesita para nada que le apetezca hacer, pero Myra sí necesita a Nick. En un pueblo perdido del interior de EEUU Myra tiene una edad en la que está a punto de convertirse a ojos de las 1279 almas restantes del pueblo en una solterona. 

Myra conoce muy bien el poder de las habladurías. En cierto sentido encarna la voluntad popular del pueblo y es capaz de detectar cómo en esas pequeñas comunidades los individuos pueden crearse y destruirse alimentados por las dinámicas internas de la sociedad. Dinámicas que pueden manipularse mediante diversos mecanismos y herramientas sociales, entre las cuales el rumor es uno de los menos sutiles, pero de las más efectivos. La propia Myra se ha convertido con el tiempo en una maestra en el arte de crear infundios sobre la gente y, lo más importante, en crear el tipo de infundios que, de una u otra manera, acabarán por beneficiarla a ella de algún modo. 

Así es como Myra consigue casarse con Nick. Myra es casi una prestidigitadora social. De haber nacido en otro lugar y en otras circunstancias Myra podría haber conseguido una excelente carrera política. Pero Myra juega con las cartas que le han dado. Ha nacido en un lugar en el que la gente no quiere que a su alrededor suceda nada que consideren extraño. Ha nacido en un lugar en el que no gustan los negros un lugar en el que un blanco puede matar a un negro sólo porque considera que lo ha mirado mal, Un lugar en el que no gustan las solteronas y donde, aunque no se mate a nadie por ser una solterona, ser una solterona basta para estar en el punto de mira de todo el pueblo. Un mal asunto, porque y nadie quiere estar en el punto de mira de un pueblo en el que el deporte local se juega con una cuerda y una rama muy alta.  

Myra entiende la posición social desde una perspectiva casi de supervivencia. Necesita a Nick y no necesita a cualquier Nick. Ella necesita a un  Nick convertido en Sheriff, porque ese es el Nick que le permite a ella ser la mujer del Sheriff y saltar al lado bueno de la sociedad, el lado que carga las plumas y el alquitrán. 

Pero, por mucho que Myra quiera estar casada con Nick, Nick no quiere estar casado con Myra. No es algo que él haya escogido precisamente. En una ocasión dio un paso en falso y, antes de que pudiese darse cuenta, estaba casado con Myra y viviendo con ella y con Lonnie, el hermano cretino de Myra, al que sólo le gusta babear y berrear y que, para colmo, tiene la costumbre de acechar a las mujeres por la ventana cuando se hace de noche. 

Pero, a pesar de que parezcan un matrimonio muy mal avenido y a pesar de que en realidad sean un matrimonio muy mal avenido hay algo que Nick y Myra tienen en común, y es que a los dos les gusta que Nick sea el Sheriff de Potts County (población: 1280 almas). A los dos les gusta el sueldo que eso significa y les gusta que eso implique tener una casa en el piso superior del palacio de justicia. Una casa con baño propio, por lo que Nick y Myra no tienen que bañarse en un barreño ni ir a los baños públicos como la mayoría de sus vecinos. 

Nick descubre que Myra, con sus poderes de manipulación, es una buena aliada para tener de su lado. Nick es una especie de Macbeth que ha descubierto que tener a Lady Macbeth de tu lado tiene sus ventajas, aunque eso no hace que Myra le guste más. Pero al fin y al cabo Myra sabe cómo atraer el favor de los votantes y, aún mejor, sabe cómo conseguir que los posibles rivales de Nick pierdan ese favor.  

Es cierto que Thompson se caracteriza por crear una estirpe de personajes con características muy similares. Hasta cierto punto el personaje principal de 1280 almas y el de El asesino dentro de mi sean podrían ser intercambiables, aunque esto no es del todo verdad. Lou, el Sheriff de El asesino dentro de mi es un personaje que responde a ciertas motivaciones. Son motivaciones perversas, porque Lou es un tipo perverso, pero no dejan de ser razones que están detrás del comportamiento asesino de Lou, por mucho que se diga que ese comportamiento, en realidad, siempre había estado ahí y formaba parte de la naturaleza de Lou desde que era un niño. De Nick, en cambio, no sabemos nada sobre sus años de niño, ni sobre los motivos que lo llevan a actuar como actúa. Ni siquiera sabemos si, antes de la acción que transcurre en 1280 almas Nick había matado a alguien antes o si es algo que ha aprendido con el tiempo. 

Lo más probable es que Nick haya aprendido ese tipo de cosas poco a poco, tomando un pedacito de cada una de las 1280 almas que viven en Potts County. Tal vez Nick, en el fondo, sea sobre todo la condensación de ese pueblo, en el que un aspirante a Sheriff, un hombre al que todo el mundo considera bueno y honrado, es arrastrado por el fango cuando alguien empieza a acusarlo de unos hechos tan terribles como imposibles de comprobar. Un pueblo racista, en el que todo el mundo está dispuesto a ayudar a un tipo blanco, aunque sea un tipo blanco que no le cae bien a nadie, si el tipo blanco que no le cae bien a nadie decide que ya es hora de darle una buena paliza a un negro que no le gusta. Un pueblo misógino en el que una mujer horrible como Myra tiene que convertirse en una mujer aún más horrible y casarse con un hombre al que no quiere bajo amenazas. Un pueblo en el que una buena chica como Rose —al menos es lo más parecido que puede haber a una buena chica en una novela de Jim Thompson— tiene que aguantar las palizas del holgazán de su marido porque en Potts County la gente no se preocupa de si eso está bien o está mal. Por supuesto, en Potts County creen que sería mejor que el holgazán de su marido no pegara a Rose, pero opinan también que, al fin y al cabo, son un matrimonio, y esas cosas, en Potts County significan algo. 

En Potts County se maneja una especie de optimismo vil en el que todo el mundo está convencido de vivir en el mejor de los mundos posibles, aunque eso no significa que ese mundo sea particularmente bueno. Sólo que es el mundo que existe y que la existencia, al final, es la virtud más poderosa de todas. En Potts County viven 1280 almas convencidas de que las cosas se hacen de una forma determinada y la discusión acerca de si esa forma de hacer las cosas es o no es buena o es mejor o peor no tiene demasiado sentido. Las cosas son como son y no hay mucho más que hablar. Aquello de «es lo que hay». Todos lo hemos oído.


1280 almas

  • 1280 almas
  • Jim Thompson
  • Traducción de Antonio Prometeo Moya
  • Dibujos de Jordi Bennet
  • Editorial Libros del Zorro Rojo
  • Barcelona, 2013

 

Licenciado en Humanidades. El que lleva todo esto a nivel de edición, etc. Le puedes echar las culpas de lo que quieras en miguel@enestadocritico.com. Es público y notorio que admite sobornos.
Últimas entradas de Miguel Carreira López (ver todo)
Imagen por defecto
Miguel Carreira López

Licenciado en Humanidades. El que lleva todo esto a nivel de edición, etc. Le puedes echar las culpas de lo que quieras en miguel@enestadocritico.com. Es público y notorio que admite sobornos.

Artículos: 33