Safaris inolvidables

De Safaris inolvidables hay que envidiar, así de entrada, el ingenio preciso del título. Esto es mucho más raro de lo que parece. El ingenio, como los aforismos, como los refranes y como algunos poemas, es un atajo; lleva de una idea a otra por un paso que nadie más ha visto. Hay una escena en la busca del tiempo perdido en el que el narrador y su familia dan su paseo de rigor, pero, en lugar de hacerlo según el recorrido habitual lo hacen por un camino distinto. En un momento dado dan la vuelta a una esquina y el narrador, que entonces era niño, queda maravillado al ver que han llegado a su casa. El ingenio tiene algo de esto. Del ingenio se aprecia la maravilla, lo inaudito, sin embargo, por lo general —hay excepciones y algunas gloriosas— no es una máquina que destaque por su rigor. El ingenio no te deja casi nunca en el lugar que promete, sino siempre un poco a la derecha o unas calle más allá. El ingenio preciso es raro y siempre hay que celebrarlo, porque Safaris inolvidables trata sobre todo de viajes y de la memoria.

Fernando Clemot había publicado hasta el momento dos novelas y dos libros de cuentos. Por algún lado se tenía que romper el empate y contraviniendo la teoría de que la cadena siempre se rompe por el eslabón más débil Clemot ha publicado un nuevo libro de cuentos Safaris inolvidables, que en nuestro panorama editorial equivale a reforzar la parte débil de la cadena. No es raro, sin embargo, si tenemos en cuenta que Fernando Clemot es casi un clásico del cuento contemporaneo. Se inició en las lides literarias desde la parte más frágil del eslabón más débil de la cadena, es decir, autoeditándose por su cuenta y riesgo un libro de cuentos que ese año (2009) se alzaría sorprendentemente —dadas las condiciones— con el premio Setenil, lo cual, en términos literarios, deja a Clemot como lo más parecido que tenemos a un James J. Braddock en la literatura española.

Safaris interminables es un libro que trata de viajes y de la memoria, pero que sobre todo trata de la memoria. La memoria es una huella y una huella no es un zapato. Esto, por supuesto, ya lo sabíamos todos, pero es una de esas cosas que conviene recordar de vez en cuando. Lo que ha sucedido, cuando vuelve a suceder en la memoria, suele añadir algunas impureces, algún ripio, ciertas inexactitudes. Por lo general los recuerdos van quedando teñidos del humor que tengamos, o de la distancia respecto a esos recuerdos; de la simpatía con la que miremos una época de nuestra vida o del hecho de que hayamos recibido alguna información adicional. A Borges le preocupaba saber si al tener un recuerdo se está recordando el suceso original o si se está recordando la última vez que accedimos al recuerdo, en cuyo caso la memoria es susceptible de funcionar como ese juego infantil en el que se forma una cadena de frases al oído y la primera habla sobre comprar chicles en el parque y la última es un proyecto para asaltar una sucursal de Caja Laietana.

En Safaris inolvidables  da la impresión de que, más que tratar el tema de la memoria, Clemot intenta reproducirlo. El resultado es una colección de cuentos que aspiración a buscar el equilibrio entre la fragmentación y la unidad, que quiere encontrar la respiración en el ritmo y que, para eso, recurre a la variación de las voces —pero todas quedan dentro del ronroneo monocorde de la melancolía— y a la amplitud variable de los relatos.

El primer relato del libro se titula «El hombre que mira». Empieza por una frase de Moravia (que me parece muy acertada, pero que no reproduzco porque, de repente, citar una cita se me antoja de un terrible mal gusto) y luego vuelve a empezar así «No hay peor momento que el anochecer para acabar un viaje». Un poco más adelante leemos «No hay maleta con más lastre que el pasado, somos solo fatiga al anochecer de este viaje, tristes esclavos del recuerdo» y un poco más adelante volvemos a leer «Me duelen como la resaca de mis últimas veladas en Lisboa, cuando parecía que se acababa el mundo, aquellas noches que hinchan como el cuello de un ave las velas negras de mi nostalgia». Reconozco que la última frase no la acabo de entender del todo, pero aún así, aunque sea más por el sonido que por el sentido (eso que Lázaro Carreter denominó, muy estupendo, vicio romántico) las tres nos bastan para hacernos una idea del tono de los relatos.

La última frase no está escogida al azar. Un párrafo después entra en escena el otro gran personaje (junto a esa voz, al tiempo variable y monótona y siempre abrazada a la melancolía) del conjunto de relatos, un programa del que se evita el nombre y al que se denomina pudorosamente «el programa», con el que se viaja por el mundo sin salir de la soledad del escritorio.

Hace poco se publicó uno de esos estudios peregrinos en los que un grupo de esforzados científicos afirmaban haber descubierto (y probado) que la felicidad aumenta «algoritmicamente» a medida que nos alejamos de nuestra residencia habitual. El estudio en cuestión parece que se basaba en los tuits de los viajeros y en la cantidad de veces que escriben «yipi» cuando aterrizan en las quimbambas. No he leído el estudio, sino sólo un artículo que hablaba de él, pero no he llegado a entender en qué momento se ha desechado la posibilidad de que el estudio de los tuits pruebe más bien cómo nuestra necesidad de mostrarnos encantadísimos de la vida en Internet aumenta «algorítmicamente cuanto más lejos estemos de nuestra casa».

A pesar de eso, me he acordado del estudio porque, como el libro de Clemot, pone de relieve las conexiones de la distancia con magnitudes que creíamos ajenas a ella. A principios de siglo se probó la conexión de la distancia y el tiempo, una conexión que ya muchos habían intuído de alguna forma, no en vano casi todas las metáforas del tiempo son metáforas de la distancia (vease el reloj). Ahora parece que podría haber una conexión, de otra índole, pero conexión al cabo, entre distancia y felicidad. Clemot analiza las posibles conexiones entre la distancia y la memoria y entre la falsa distancia y las vacilaciones de la memoria, aunque no creo que, con esto, Clemot esté intentado defender ningún tipo de proposición científica.

Si resulta que es así, tendremos que volver sobre nuestros pasos y redactar esta reseña desde el principio, aunque no creo que sea necesario.


Safaris inolvidables

  • Fernando Clemot
  • Editorial Menoscuarto
  • ISBN: 9788496675971
  • 2013
  • 16899
Licenciado en Humanidades. El que lleva todo esto a nivel de edición, etc. Le puedes echar las culpas de lo que quieras en miguel@enestadocritico.com. Es público y notorio que admite sobornos.
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Miguel Carreira López

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