Sangre en los surcos

Sangre en los surcos, diamantes en el bolsillo (A propósito de Blood on the tracks, de Bob Dylan)

         Pienso en Bob Dylan a diario, de hecho, pienso en él varias veces al día. No lo digo como algo de lo que esté orgulloso, me limito a constatar un hecho. Tengo muchos de sus versos y de sus melodías muy presentes, me vienen a la cabeza mientras friego los cacharros del desayuno, o cuando voy en la moto o cuando me acuerdo de mi padre, que de vez en cuando se me aparece en sueños. Creo que Rodrigo Fresán acertó plenamente cuando, con motivo de algún aniversario de Dylan, dijo que teníamos mucha suerte de ser sus contemporáneos y de saber que lo éramos de una figura clásica: quienes vivieron a la vez que Shakespeare no sabían que Shakespeare iba a ser lo que es hoy para nosotros, pero nosotros sí tenemos la certeza de que dentro de cincuenta o de cien años se seguirá hablando de Dylan, que estará en los libros de historia, que estará en los manuales de literatura. Cuando Ray Loriga todavía era Ray Loriga también escribió algún texto muy bonito acerca de Dylan.

          El que debería haber sido uno de los Premios Nobel menos problemático de las últimas décadas acabó generando polémica simplemente porque vivimos en una época que todo lo consagra a la publicidad, cualquier cosa vale para lograr notoriedad y el apartarse artificial y escandalosamente del sentido común es una forma como otra cualquiera de llamar la atención. La única discusión razonable respecto al Nobel de Literatura a Dylan es si es lícito premiar una trayectoria lírica en esa categoría, si es así, si es lícito premiar a poetas, entonces Dylan lo merecía desde hacía mucho, lo merecería aunque jamás hubiese compuesto ninguna de sus inmortales melodías, merecería el Nobel una y mil veces únicamente por lo que le ha hecho al idioma inglés.

Darkness at the break of noon
Shadows even the silver spoon
The handmade blade, the child’s balloon
Eclipses both the sun and moon
To understand you know too soon
There is no sense in trying

          No se quedó en los sesenta, no se quedó en la canción protesta, es un escritor que tiene versos increíbles en cada década desde hace sesenta años, con estos de Mississippi sí me atrevo:

All my powers of expression and thoughts so sublime
Could never do you justice in reason or rhyme
Only one thing I did wrong
Stayed in Mississippi a day too long

(Ni mis pensamientos tan sublimes, ni todo el poder de mi expresión

podrían jamás hacerte justicia con rima o razón

una sola cosa hice mal

quedarme en Mississippi un día de más)

          En 1975 daba la impresión de que Bob Dylan ya lo había hecho todo. Había grabado el disco de folk definitivo (The Freewheelin’ Bob Dylan, 1963), había compuesto una canción como «The times they are a-changin’» (1964), en apenas año y medio se había convertido a la religión del rock and roll y había sacado tres discos que podrían ser los mejores de cualquier músico en cualquier época, Bringing it all back home (1965), Highway 61 revisited (1965) y Blonde on blonde (1966). Contaba con una colección de canciones apabullante: «Mr.Tambourine Man», «Like a Rolling stone» (¿la mejor canción de la historia?), «It takes a lot to laugh, it takes a train to cry» (¿el mejor blues escrito por un blanco?), «Visions of Johanna» (¿una de las cimas del simbolismo y de la poesía visionaria?)…

          Además, sin dejar esa década había tenido un accidente de moto en el que se especulaba que había muerto y que había sido sustituido por un extraño doble, un Doppelgänger también genial, pero distinto. Había regresado al folk (John Wesley Harding, 196), había sacado un disco de country (Nashville Skyline, 1969) y cerraba el período con un insólito y maravilloso balance como Self portrait (1970), que contenía ese minimalista himno góspel, «All the tired horses». Evidentemente los sesenta fueron suyos, una década tan crucial para la cultura popular en general y para el rock and roll en particular no se entiende sin Dylan, y con eso quizá debería bastar para convencer a los obstinados, a los reticentes y a los esnobs, con eso debería bastar para que se abriese paso una celebración unánime, para que su nombre, en definitiva, brillase rotundo para siempre.

          Pero lo que nos trae hasta aquí es un disco de mediados de los setenta —en la contraportada del disco que tengo a mi izquierda pone 1974, pero en las bases de datos en línea dice que es de 1975, a veces todo es un misterio con Dylan— de un tipo que a pesar de no tener ni treinta y cinco años ya parecía estar de vuelta de todo y ejercer de artista retirado, en la línea de un Rimbaud que se quita de la circulación cuanto antes para vivir de las rentas o dedicarse a negocios que dejen más beneficio y requieran menos escrúpulos; en lugar de eso Dylan decidió convertirse en un trovador que algún día morirá de viejo sobre el escenario cantando un repertorio que ya parece apócrifo, pero ésa es otra historia. Si volvemos a Blood on the tracks diría que a pesar de esa anunciada sangre en los surcos es de los discos más amables de Dylan: canta de manera tan limpia como emocionante y con casi la mejor voz de la que nunca fue capaz, las guitarras suenan brillantes y cordiales, sin rastro de la fiereza un tanto ratonera del Highway 61. Blood on the tracks es el disco que le recomendaría a cualquiera que desee saber si le gusta Dylan más allá de singles como «Blowin’ in the wind» o la mismísima «Like a rolling stone». Si no te gusta este discoposiblemente no te guste Bob Dylan y, más allá de que sea una verdadera pena, no hay obligación de ello. Hay mucha música ahí fuera, pero quizá no haya habido nunca nadie como Dylan y es muy improbable que volvamos a ser testigos de un fenómeno parecido.

Blood on the tracks es también uno de los mejores discos de los setenta. Es una obra que preludia lo que décadas más tarde harán Steve Earle, Lucinda Williams o Ryan Adams, lo que vino en llamarse americana, inventado en forma de canción por los Rolling Stones con «Dead flowers» en el 71 y empaquetado aquí en forma de disco apenas unos años más tarde. Bueno, también Neil Young contribuyó a ese bendito género y, en cierto modo, Blood on the tracks, por temática y color, podría ser un disco de Neil Young (se supone que, antes de meterse en el estudio, Dylan le mostró algunas de las piezas del disco a Young para ver qué le parecían).

          Todo está bien en la canción que sirve de apertura, «Tangled up in blue»: guitarra limpia, bajo, batería, melodía vocal apasionada y un título estupendo que contrasta con el ritmo y la tonalidad «alegres» del tema. La canción parece una carta de despedida, pero también podría ser una novela de Kerouac bien escrita, una road movie, o un tema de Tom Petty rematado por una armónica. Chico habla de chica en tercera persona y hace balance literario y cinematográfico de lo que vivieron juntos: personajes y situaciones se suceden como un torbellino, chica acaba siendo un recuerdo en forma de canción, chico sigue en la carretera, pero ese coche y ese viaje acaban pareciéndose más a El maestro y margarita de Mijaíl Bulgákov o a Sólo los amantes sobreviven de Jim Jarmusch que a Los americanos de Robert Frank. Como aquellos vampiros de la peli de Jarmusch, en «Tangled up in blue» se sobrevuela la historia, la geografía y la mitología: la poesía de Dylan se aparta del folklore localista de su antiguo héroe Woody Guthrie y se aventura por distintos siglos y continentes que se funden en una extraña pero eficaz danza.

Estamos ante un disco que tiene al amor como protagonista o, tal vez, como tantas veces se ha dicho, estamos ante el mejor disco de ruptura jamás compuesto —¿no lo son todos un poco?—, pero, como estamos viendo, eso con Dylan no se reduce a un drama doméstico, significa que aquí nos encontramos con el destino, con el sol, con la lluvia, con el viento, con la carretera, con las gestas de los héroes homéricos escribiendo la historia de la humanidad alrededor del Mediterráneo, pero también con personajes de Sam Peckimpah navegando entre el alcohol, la visión, la picaresca y el romance.

          «Simple twist of fate» y «You’re a big girl now» parecen dos momentos de una misma relación: el primero, el de la ruptura, contado en tercera persona, como quien ve las cosas desde fuera, el segundo, ya a solas, cuando te das cuenta de que es de verdad, de que el mundo sigue girando y que ella ya no está a tu lado, pero —y éste posiblemente sea el verdadero e inconfeso drama— que sigue por ahí, viviendo otra vida, bailando, riendo y tal vez olvidando a cada instante el lenguaje que una vez fue de los dos: no hay rencor ni despecho, hay una tristeza hondísima que tal vez nunca te abandone. En lo musical ambas se parecen y son homologables a muchas de este disco: medios tiempos elegantes, donde todo suena como debe. De vez en cuando hay un órgano Hammond con algo más de protagonismo que nos recuerda vagamente en qué década estamos, como en la letanía de «Idiot Wind», cuya letra se mueve increíblemente bien entre lo particular y lo universal, como si Joyce y Faulkner se pudiesen cantar y el resultado rimase con Hank Williams. Eso es Dylan.

          Hacia la mitad del disco afloran estructuras más próximas al folk («You’re make me lonesome when you go»)o al blues («Meet me in the morning»), pero, a diferencia de lo que sucedía en sus discos de los sesenta, aquí todo resulta pulidísimo, con un sonido que podría corresponder a cualquier época, únicamente por la voz de Dylan, que se quebrará en la década siguiente, y por esa armónica tan alocada como inconfundible —que aquí prácticamente se limita a firmar la despedida en algunos temas— podemos situar esta obra como muy tarde en los setenta. Pero que nadie se engañe, la acertadísima producción podría corresponder perfectamente a una obra de los noventa o de los dosmiles.

          Me gustaría destacar dos canciones por encima de todas las demás, la especialísima «Lily, Rosemary and the Jack of Hearts»,una epopeya de casi nueve minutos apoyada en una base rítmica que reproduce con delicadeza el tradicional boom-chicka-boom del country, una base sobre la que Dylan cuenta una historia trepidante e inclasificable, como si la Alicia de Lewis Carroll hubiese conocido a la Marilyn Monroe de Vidas rebeldes y, reunidas en un único personaje, hubiesen despertado en un western dirigido por Michael Cimino (pero esta vez para bien). La canción ni empieza ni termina, se desvanece y se va como vino, abriendo una ventana a un mundo alternativo, como si a través de un agujero de gusano hubiésemos podido vislumbrar un momento en la vida de una comunidad onírica y circense, pero extrañamente verosímil y, desde luego, musical: qué capacidad la de este tipo para el fraseo. Y nos quedamos con ganas de saber cómo le va a Lily y de si no será ella también la protagonista de los cuentos de cuchilleros que escribía Borges.

          «If you see her say, hello» está a la altura de su título y «Buckets of rain» supone un cierre con muchísima clase para un disco como éste, pero ya dije que iba a destacar sólo dos canciones y la que me resta es justo la que queda enmarcada por estas dos, «Shelter from the storm» que, de algún modo, constituye el reflejo especular de «Tangled up in blue» y, por tanto, el verdadero final del álbum. Aquí se nos vuelve a contar la historia de cómo se conocieron los amantes, pero esta vez la narración está planteada en primera persona y con un tono y una imaginería bíblicas, tanto que uno no puede dejar de pensar en la tradición mística española, la que va de Teresa de Jesús a Juan de la Cruz o a José Val del Omar, ésa en la que los versos dedicados a Dios se confunden con cantos de enamorados. En Dylan la emoción nunca resulta estridente y, con una economía de lenguaje magistral, consigue en pocas estrofas trasladarnos a un mundo donde parecen darse cita la King James Version de la Biblia, la Diosa Blanca de Robert Graves y lo que fuese que tuviese en mente Robert Plant cuando escribió «The Battle of Evermore».

          A pesar de lo que digan las fechas y de lo comentado más arriba, no está nada claro que éste sea un disco de los setenta, también hay algo misterioso en los músicos que participaron en él. En el libreto se nombra a Tony Brown como bajista a Buddy Cage con la steel guitar, Paul Griggin con el órgano y, de un modo difuso, a Eric Weissberg y su grupo Deliverance. Al parecer Dylan intentó volver a contar con Mike Bloomfield, el guitarrista del Highway, pero no lo vio claro. Grabó gran parte del disco en solitario en los estudios de Columbia en Nueva York, lo intentó con el grupo Deliverance, pero también los sacó de quicio y casi de los créditos del álbum. Se cuenta que posteriormente participaron músicos de estudio reclutados por su hermano en Minneapolis. No sé quiénes ni cómo ni cuándo grabaron este disco, pero el resultado es insuperable y suena a clásico contemporáneo.

          Tengo serias dudas de que a mi hijo le acabe gustando Dylan alguna vez, de lo que estoy bastante seguro es de que me quiere, así que espero con todas mis fuerzas no desbaratar eso en el futuro. Ojalá no decepcionarle. Por motivos que ahora no vienen al caso pienso demasiado en la muerte, en que quizá me pille en una cama de hospital y en que, si tengo suerte, alguien me cogerá la mano cuando todo acabe. Ojalá vivir en la memoria de los demás y que te recuerden con una sonrisa. Si me veo en ese trance, estoy seguro de que sentiré el miedo, pero también, como aquella vez, pensaré en el amor y en «Shelter from the storm» y me tranquilizaré un poco, seguro que me acuerdo de lo que dice el ladrón en «All along the watchtower», aquello de que nuestro destino no es el de los que se toman la vida como una broma y, finalmente, cuando ya sienta venir el sueño, me iré a bailar con Lily y con los demás en la cantina de aquel pueblo. Espero veros allí celebrando.

Blood on the tracks

Bob Dylan

Columbia

1975

Se divierte en clase. Literatura, filosofía, r’n’r. Trata de tomárselo con deportividad.

Un niño, un libro, una moto.

https://youtu.be/nhbSYP8cyD8
David Sánchez Usanos
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