Recuerdo ver el anuncio del disco en un cartel enorme en una parada de metro, cuando las paredes del metro estaban más inclinadas y realmente parecían un tubo, «por eso le llaman Tube al metro de Londres». Me llamó la atención la foto, tan poco española, con esas cazadoras tan high school parecían tipos sacados de The Breakfast Club (El club de los cinco) y también el extraño título. Yo era pequeño y todavía me acompañaba mi madre, la que me contó lo del metro de Londres, y a la que debí preguntarle qué era aquello y, cuando me lo explicó, juraría que también le pregunté si le gustaba aquel grupo. Supongo que respondería que sí, pero en casa no había música de aquellos tíos (sí algún vinilo de Springsteen, el Powerage de AC/DC y el Metalmorfosis de Barón Rojo). Al cabo de un par de años el disco en cuestión llegó a mi vida grabado en una cinta TDK de 90.

Era un mensaje de otro mundo, de otra vida, una en la que el rocanrol importaba, en la que el rocanrol tenía un público entregado a una banda que sonaba rotunda y multitudinaria. En el colegio sacaba buenas notas, pero estaba muy lejos de tener algo parecido a un amigo y mucho menos alguien con el que compartir las mismas inseguridades, los mismos sueños, la misma música. Vivía dentro de la canción «No surrender» y lo más parecido a un disco cantado en español que me hiciese sentir así fue este doble en directo. La adolescencia es una etapa especialmente proclive a la mitificación: viene bien un mapa que organice el territorio y alguien que haga de guía emocional y así fue como me tomé las reiteradas escuchas de este disco. En el radiocasete mientras me preparaba para ir en bici o a la vuelta de la playa, o en el walkman camino del cole o por la noche tras la enésima frustración con esos cascos que siempre acababan estropeándose y escuchándose sólo por uno y te tocaba sacar un poco la clavija para ajustar el contacto. Mi educación sentimental debe demasiado a aquellas letras de Sabino y a la convicción con la que las canta Loquillo en ese disco.
Años después, sobre todo leyendo Corre, rocker, tuve noticia de las condiciones en las que se grabó aquello, que la banda estaba a punto de desintegrarse, que Xavi Tacker en realidad era un recién llegado y que Sabino ya se había marchado —por su adicción a la heroína, por sus diferencias artísticas con el Loco, porque ya no se veía a sí mismo como parte de un grupo de rock— y sólo subió al escenario como invitado en algunos temas. De modo que, durante muchos años, el ¡A por ellos…! funcionó también como el testamento de un grupo que alguna vez existió, uno que no parecía venir de ninguna parte: no eran cursis como los de la dichosa movida, no eran jevis, no eran rock kalimotxero… y eran elegantes. Después volverían con Tiempos asesinos y con otro fabuloso y sorprendente directo, Compañeros de viaje, pero ésa es otra historia.

Con el ¡A por ellos…! sucede como con muchos discos españoles de la época: en general las versiones en directo son mejores que las equivalentes en estudio. No es algo que se deba únicamente a la producción, sino también a los nuevos arreglos y al nuevo tempo de algunos temas (acertadísimas bajadas de revoluciones en «Cadillac solitario» o «Rock’n’roll star») y también a la voz más asentada de un Loquillo que ya se había creído completamente su personaje (algo que funciona muy bien encima de un escenario y no tanto al bajar de él).
El disco empieza con cuatro canciones de rocanrol («Carne para linda», «La policía», «Ya no puedo bailar», «Chanel, cocaína y Dom Perignon») que lo mismo sirven para bailar que para corear, el sonido es curioso: garajero pero bien ejecutado, con la voz en primer plano, destacando también los duelos de guitarra de Xavi Tacker y Ricard Puigdomènech y la impresionante base rítmica que constituían Josep Simón y uno de los mejores baterías de este país, Jordi Vila, nuestro Steven Adler. A continuación vienen una serie de medios tiempos y coqueteos con el swing o lo crooner que he aprendido a apreciar con los años, pero que en la época de escuchas compulsivas eran un mero preludio para lo bueno de verdad. Y eso empezaba con aquel grito de «¡Ahí tus huevos, Vila!» y el redoble con el que encaraban «La mataré», una canción impresionante sobre la que se han escrito y dicho demasiadas tonterías, también por parte de Sabino y del propio Loquillo. Ese primer disco se cerraba con la mejor versión que se ha grabado nunca de «Cadillac solitario», que en estudio no pasaba de ser una curiosidad con una muy buena letra, pero que aquí cobra su dimensión definitiva, todo un credo vital precedido por esa presentación de Loquillo (en este disco me resultaban fundamentales esas frases entre canción y canción, que a veces no se entendían muy bien, todo hay que decirlo): «Supongo que todos conocéis a Sabino, ¿no? Él escribió esta canción y yo he tenido la suerte de poderla cantar».

Mientras escribo esto me he vuelto a poner el disco a buen volumen, esta vez en CD, así que he podido mirar otra vez ese libreto con la foto en primer plano de unas Martens en blanco y negro (pantalones vaqueros, botas militares y rock de guitarras, ése era entonces mi código). El caso es que por una extraña sincronía justo ahora me toca cambiar y meter el segundo disco, y, joder, vaya versión de «Autopista». Me siguen dando escalofríos cuando oigo la fantástica introducción al piano de Sergio Fecé, el bombo subrayando con su cadencia las frases iniciales y el estallido final donde entra ese cabalgar de guitarras, la banda a todo trapo y Loquillo cantando como nunca aquello de «Cuando prohíban salir/ de noche y crezca en ti/ un viejo instinto juvenil». Ahí se apuntaló definitivamente mi gusto por la carretera, lo veía todo: veía a Kerouac veía a Dylan, veía mi sueño de tener una moto, de conducir lejos, de conducir solo, sumido en mis pensamientos y, tal vez, dejando una vida atrás en la que alguien me echase de menos. En este segundo disco no hay respiro, «Ritmo de garaje» ya constituye un pequeño manifiesto y «El rompeolas» y «Siempre libre» son dos de las canciones que acumulan más versos cruciales en mi forma de entender la vida, versos que hablan de familias pegadas al televisor y melancolía frente al mar, de ganas de cambiar las cosas y coger una guitarra cuando a lo mejor lo que habría que haber cogido era un revólver; versos intensos y, como decía más arriba, que cuadran mejor con una mitología adolescente que con el día a día de finales del siglo XX o el primer tercio del XXI, versos que quizá me llevaron a tomar decisiones demasiado drásticas, a decir cosas que no debía y a sentir demasiado hondo otras que posiblemente debí tomarme más a risa. Pero qué canciones y qué forma de interpretarlas.

Después viene «En las calles de Madrid», que posiblemente sea la canción con más clase que se le ha dedicado a mi ciudad y de ahí no baja la intensidad hasta el final. «Esto no es Hawaii» es la versión luminosa, contundente y definitiva de un grupo que alguna vez fue rockabilly mientras que «Rock’n’roll star» parece algo así como la cara B de aquel sueño, con esa colección de clichés que aquí suena extrañamente convincente (y, para los oídos de aquel niño que fui, algo así como un emocionante modelo a imitar). El disco se cierra con la furiosa «Barcelona ciudad» que, me temo, resultó inquietantemente premonitoria para el tiempo que nos ha tocado vivir: no hay lugar donde ir en Barcelona ciudad.
Tras aquel particular desierto de mediados de los noventa tuve la suerte de ver muchas veces a una banda que creía desaparecida, con formaciones diferentes, pero siempre de un nivel altísimo (con el efectivo e infravalorado Jordi Pegenaute, con el increíble Guille Martín, incluso con Xavi Tacker y Jordi Vila). De todo aquel desfile de músicos paradójicamente Igor Paskual es el único nuevo-viejo miembro que resiste (no estuvo en el ¡A por ellos…! ni grabó ninguno de los grandes discos, pero lleva más de veinte años junto al Loco desde que éste decidiera ficharle tras ver sus dotes escénicas en Babylon Chat cuando les telonearon). Ahora yo soy otra persona y hace demasiado que no conecto con los nuevos discos de Loquillo, aunque he de decir que me compré _Corazones legendarios_ y disfruté mucho de la mayoría de revisiones, e incluso redescubrí algún tema más reciente —estupendo el «Sonríe» junto a Hinds— que me había pasado inadvertido. Creo que esa distancia no se debe —o no sólo se debe— a que yo ya no sea aquel adolescente ávido de figuras tutelares y de épica roquera, hay algo más que se perdió por el camino. Pero está bien así. Benditos los discos que nos permiten viajar en el tiempo, bendita la música que nos hace soñar.

¡A por ellos…! que son pocos y cobardes
Loquillo y Trogloditas
Hispavox
1989
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