Orgullo y satisfacción

Los Borbón. Quizá no haya otro asunto en la vida pública española en el que medie mayor abismo entre lo que presenta la prensa y lo que ve el españolito de a pie. Cuando hablamos de política, hay ciertos temas difíciles de sacar a la hora de la comida en el trabajo, sobre todo cuando se junta a la mesa gente de sensibilidades e ideologías diferentes. Sin embargo, desde hace unos años, si hay un tema comodín, un piso franco de la conversación en el que uno pueda sentirse seguro de poder expresarse con vehemencia sin que le partan la cara, es el tema de los Borbón. El dueño del bar donde suelo desayunar tiene sobre la barra los dos diarios más afines a su modo de pensar: El Mundo y el ABC; y mientras ojea el primero durante la mañana de la proclamación real («La monarquía inicia el cambio», reza el titular) le dice a una de sus parroquianas: «Este es un hijo de puta, igual que su padre».

Corrección: podría ser hijo de putañero, más bien. Como su bisabuelo, el primer productor de cine porno en España: Alfonso XIII, que en el momento de su huída de España contaba con una fortuna de 140 millones de los actuales euros, un tercio de ellos fuera del país. No es por decir «de tal palo tal astilla», pero quien más, quien menos, todo el mundo ha sabido siempre en este país a qué tipo de cosas han estado acostumbrados siempre los Borbones. Incluso los que opinaban que Juan Carlos era, ante todo, un tipo campechano.

Por eso resulta especialmente espeluznante el espectáculo que han dado los medios generalistas desde el día en que el ex rey pronunció su discurso de abdicación (maquillado con maquillaje de mujer, según me confesó una de las personas que participó en la grabación; pero esto es una larga historia que habría que contar en otra parte). No digo que hubieran debido abrir un debate sobre la necesidad de seguir teniendo una monarquía; en unos tiempos en los que un simple profesor de universidad puede conseguir más votos que el único partido político español de izquierdas con escaños es natural que cualquier medio esté lo suficientemente cagado de miedo como para plantear un debate serio sobre nada que pueda suponer un mínimo cambio. Tampoco esperaba que se pusieran a discutir las «cualificaciones» que tiene el nuevo rey para desempeñar su trabajo, por mucho que digan que tiene una carrera universitaria (aunque su expediente académico —documento exigido en bastantes puestos funcionariales— no se haya hecho público, ni hayamos tenido oportunidad de escuchar las opiniones de sus compañeros de clase).

Lo que no esperaba, sin embargo, es que los grandes grupos editoriales fueran a cerrar filas tan herméticamente a la hora de controlar los contenidos publicados, no ya a nivel de las denuncias directas que los periodistas pudieran emitir, sino también a nivel de las alusiones que estos pudieran hacer (dos periodistas de un medio tan poco sospechoso de ser antimonárquico como El Mundo fueron sancionados con una suspensión de empleo y sueldo por un mes al revelar que se había censurado una mención a Corinna en un artículo reciente). El resultado es grotesco. No tanto porque la censura sea algo malo, pues al fin y al cabo, cualquiera con dos dedos de frente sabe que la libertad de expresión está limitada a la libertad que te quieran dar tus jefes. Sino porque mientras en la calle todo el mundo, monárquico, republicano, anarquista, fascista o nihilista, sabe más o menos lo que se cuece tras los muros de la Zarzuela, la prensa sigue mandando a imprenta de forma invariable la misma foto de portada: la imagen de los tres monos sabios de la tradición japonesa: el mono que no ve, el mono que no oye, el mono que no habla.

Extraña, y al mismo tiempo predecible, ha sido, por tanto, la retirada de la portada que iba a llevar hace dos miércoles la revista El Jueves. Predecible, por todo lo que decía antes; pero extraña también porque, como bien demuestra Manuel Barrero en su extraordinario análisis sobre este último caso de autocensura de caricatura política , semejante imagen (Juan Carlos encasquetándole a su hijo una corona llena de mierda o, simplemente, un pedazo de zurullo) ya había sido publicada por otros medios en los días que precedieron a la retirada de El Jueves. Pero El Jueves tiene más lectores, se podría argumentar; sí, es cierto, pero también tiene mayor repercusión mediática, y por lo tanto es mayor la visibilidad en caso de censura, como ya sucedió durante el secuestro de aquella portada de Felipe y Letizia que todo el mundo habría olvidado al día siguiente si no hubiese sido retirada.

En esta ocasión, sin embargo, el asunto ha tenido una repercusión más contundente que la de aquella otra vez: la plana mayor de El Jueves ha dimitido o anunciado públicamente su intención de no volver a colaborar con la revista. Y para demostrar lo que se puede hacer en el terreno del humorismo gráfico cuando uno no depende de ningún gran entramado empresarial que, a su vez, depende de otros bancos o empresas que necesitan favores políticos, la editorial ¡Caramba! (a cargo de Manuel Bartual, uno de los ex de El Jueves, y Alba Diethelm), decidió sacar ayer este Orgullo y Satisfacción, una sátira real como las que nos tenía acostumbrados El Jueves que apunta directamente a ese acto que, según la prensa generalista, no se debe cuestionar: la coronación.

Orgullo y Satisfacción cuenta con la colaboración de los artistas exiliados recientemente de El Jueves: Manel Fontdevilla (el artífice de la portada de la discordia) Monteys, Paco Alcázar, José Luis Ágreda, Manuel Bartual, Guillermo, Isaac Rosa, Malagón, Triz, etc. A nivel de gustos indivuales todo el mundo tendrá algo que decir sobre los resultados de esta sátira. Personalmente, me siento más cercano a la violencia y la denuncia directa de las páginas de Monteys, Fontdevilla, Paco Alcázar o Lalo Kubala (espléndida la sección que este dedica a la relaciones de Juan Carlos con “emprendedores” como Ruiz Mateos, Mario Conde o Javier de la Rosa), que al costumbrismo amable de Triz, Mel o Paco Sordo. Sin embargo, lo que más interesante me resulta de Orgullo y Satisfacción es que, en mi opinión, enfocan muy correctamente la cuestión: no se trata de adoptar una postura clara en un debate tramposo en el que una alternativa (la República) se plantea como una solución a los desmanes de la monarquía borbónica. Lo que se plantea aquí es algo que va más allá de una dicotomía falsa que impide ver el problema de fondo. ¿Qué capacidad de reflexión o de análisis puede tener una población lectora de la prensa generalista, si esta sigue inventando una realidad complaciente que nada tiene que ver con lo que dicha población sabe o intuye? Si una compañía editorial como RBA (que ni siquiera sufre de una fuerte dependencia financiera del entramado económico español como sí la sufren grupos más grandes tal que Prisa o Vocento, como bien demuestra, otra vez, Manuel Barrero) cede a las presiones políticas y retira una cubierta tan inocente como la de Fontdevila (que ni siquiera critica a Felipe VI, pues solo pone en evidencia el papelón que le ha dejado su predecesor), si esto es así, insisto, ¿qué nos estarán escamoteando entonces otros medios más dependientes que El Jueves?

El objetivo de Orgullo y Satisfacción no es otro que dar voz a un conjunto de opiniones que, a nivel de la calle, están muchísimo más generalizadas de lo que la prensa generalista está dispuesta a admitir. Reirse de los Borbones es fácil, sí. Pero hay que reconocer que les debemos algunas de las páginas satíricas más deliciosas que ha dado la literatura del siglo XX: estoy pensando, en concreto, en aquel capítulo que dedicó Roald Dahl a Alfonso XIII en su gloriosa novela pornográfica Mi tío Oswald. Acaricio con deseo el día en que una publicación satírica española alcance lo que Dahl alcanzó ahí, pero si estoy seguro de una cosa es que, de existir algún día, solo podrá ocurrir si los artistas, los creadores responsables de tal sátira, son a su vez también los únicos dueños de la publicación. El periódico satírico Mongolia y, ahora, Orgullo y Satisfacción demuestran que esto es, hoy por hoy, más que posible. Solo queda esperar que la cosa siga adelante: con el elenco reunido en este Orgullo y Satisfacción podría montarse la mejor revista de humor de este país y sus 17.000 copias vendidas en su primer día demuestran que los lectores tenemos una necesidad imperiosa de publicaciones como ésta.

por Roberto Bartual